Sé que es domingo. Sé que es 4 de Noviembre y no 35 de Octubre. Pero no me importa, ya no creo en lo que sé. Solo creo en lo que veo y anoche no veía nada, no podía escribir, iba ciego. No recuerdo como llegué a casa ni dónde estuve toda la noche. Pero recuerdo todos y cada uno de los sentimientos que me surgieron ayer.
A primera hora de la tarde tuvo lugar el funeral de Marina. Llovía. La perfecta escena de una tragicomedia americana de las malas, en las que muere el prota para darnos a todos una valiosa lección de vida; Un cielo gris apagado y el sonido de la lluvia chocando contra la piedra, deshaciéndose en los charcos. En serio, absurdo, ridículo, despreciable, repugnante, hipócrita y totalmente fuera de lugar. Mi pequeña Marina reducida a una losa de piedra con un nombre, una fecha y una frase estereotipada. Eso es todo lo que piensas ofrecerle como despedida; palabras insípidas y memorizadas de un cura, una lluvia de lágrimas y una losa. No me lo podía creer y Laura tampoco, ambos sabíamos que Marina no hubiera querido las cosas así, tan poco imaginativas. Me parece una burla. Pero aún así, allí estaba. Con Laura apoyada en mi hombro y una sensación de inmenso vacío adentro. A mi cabeza venían sus ojos oscuros y su piel pálida; sus manos acariciándome la nuca, tocando mis ideas, besando mis sentidos. Marina es como el agua y de un modo u otro acaba llegándote y a mi en menos de una semana me a calado por completo y ahora mismo no se donde meterme ni donde vomitar estos sentimientos. Porque ahí no podía, no debía llorar y me sentia totalmente aplastado y coartado por mi mismo. Iba a estallar.
Y por eso me he sentido a morir cuando, ya cerca del final de la "ceremonia", he levantado la cabeza y me ha parecido ver a alguien unos metros alejado de nosotros. Tenía la vista fija en aquella persona, totalmente enfrascado en mis propias paranoias. Con una mala excusa, he conseguido que Laura fuera a apoyarse en Victor para poder escabullirme de allí. Mi pensamiento era que seguramente no fuera nada, pero teniendo en cuenta lo inverosímil que me parecía estar allí, cual quier excusa me parecía válida para salir corriendo. Dando un rodeo, me acerqué a lo que finalmente resultó ser un tío de mi edad, quizás un poco más mayor. Un año, como mucho. Era un tipo bastante alto de pelo largo, rubio oscuro y liso. Me mantuve unos momentos detrás de él, en silencio. Debajo de la enorme chupa de cuero marrón, se distinguían unas espaldas anchas de un cuerpo bien cuidado y moldeado con bastante trabajo. El tipo se estaba empapando, pero no parecía dispuesto a moverse ni un milímetro. Yo no era capaz de reaccionar, no necesitaba muchas más pistas, simplemente no quería creerme que aquel tipo fuera Carlos. Simplemente porque no le veía sentido a que estuviera ahí, cuatro días después de la muerte de Marina y con tanto tiempo de desaparición a la espalda. No sabía que hacer, pero si sabía que estaba empezando a sentirme muy incómodo. Tenía una sensación horrible en el estómago y me costaba pensar y respirar. Así que actué como debería hacerse siempre, sin pensar. Le di un par de golpecitos en el hombro y se giró. Sus ojos quedaban a la altura de los míos y eran tal y como Marina los describía. Era Carlos, no había duda.
-¿Carlos?
-Si.
No le dio tiempo a decir nada más. Cuando su respuesta llegó al punto, mi puño ya había estallado contra su cara, pillándole de improviso y haciéndole caer al suelo, por el factor sorpresa. No sé porque lo he hecho, pero volvería a golpearle otra vez porque la sensación de libertad que esto me ha proporcionado no es comparable a nada. He descargado contra su cara la frustración de que no hubiera estado para cuidar de Marina, de haber sido siempre él para Marina, he descargado mi envidia y mi odio y una pequeña parte iba por Laura y por Marina y por Sara y por todos los que se perdieron alguna sonrisa de Marina por su culpa. Esta muy enfadado pero muy a gusto. Finalmente, siendo consecuente, me marché de ahí.
Creía que la cabeza iba a estallarme. Llevaba en la mochila la carta de Marina, su cuaderno, una china de hachís, pitis, papeles y un bus para ir a la capital que pasaba en 10 minutos.
He dedicado el día a recorrerme palmo a palmo los lugares en los que he estado con Marina, acompañado de unos petas y de mi buena música. No sé a dónde he ido, ni el orden ni como llegué a casa. Me he despertado aquí, de hecho. En la cabeza me retumba el golpe que le di a Carlos, es culpabilidad, lo sé, pero a lo mejor tiene que ver con todo lo que he fumado.
Hace un rato he llamado a Sara y me ha buscado el número de Carlos. He quedado con él esta tarde para darle este cuaderno, sé que leerá mis palabras y las de Marina y que tendrá tiempo de plantearse si quiere devolverme o no el golpe.
Este es mi último "capítulo". Ahora te toca a ti.
Bonne Nuit.