¿Quién no ha tenido la cabeza llena de pájaros? ¿Las ideas burbujeando en el cerebro? ¿Las ganas a flor de piel? Solo déjalos volar, deja tu mente fluir; no hay medida para una historia, pero todas merecen ser leídas.
Sé que es domingo. Sé que es 4 de Noviembre y no 35 de Octubre. Pero no me importa, ya no creo en lo que sé. Solo creo en lo que veo y anoche no veía nada, no podía escribir, iba ciego. No recuerdo como llegué a casa ni dónde estuve toda la noche. Pero recuerdo todos y cada uno de los sentimientos que me surgieron ayer.
A primera hora de la tarde tuvo lugar el funeral de Marina. Llovía. La perfecta escena de una tragicomedia americana de las malas, en las que muere el prota para darnos a todos una valiosa lección de vida; Un cielo gris apagado y el sonido de la lluvia chocando contra la piedra, deshaciéndose en los charcos. En serio, absurdo, ridículo, despreciable, repugnante, hipócrita y totalmente fuera de lugar. Mi pequeña Marina reducida a una losa de piedra con un nombre, una fecha y una frase estereotipada. Eso es todo lo que piensas ofrecerle como despedida; palabras insípidas y memorizadas de un cura, una lluvia de lágrimas y una losa. No me lo podía creer y Laura tampoco, ambos sabíamos que Marina no hubiera querido las cosas así, tan poco imaginativas. Me parece una burla. Pero aún así, allí estaba. Con Laura apoyada en mi hombro y una sensación de inmenso vacío adentro. A mi cabeza venían sus ojos oscuros y su piel pálida; sus manos acariciándome la nuca, tocando mis ideas, besando mis sentidos. Marina es como el agua y de un modo u otro acaba llegándote y a mi en menos de una semana me a calado por completo y ahora mismo no se donde meterme ni donde vomitar estos sentimientos. Porque ahí no podía, no debía llorar y me sentia totalmente aplastado y coartado por mi mismo. Iba a estallar.
Y por eso me he sentido a morir cuando, ya cerca del final de la "ceremonia", he levantado la cabeza y me ha parecido ver a alguien unos metros alejado de nosotros. Tenía la vista fija en aquella persona, totalmente enfrascado en mis propias paranoias. Con una mala excusa, he conseguido que Laura fuera a apoyarse en Victor para poder escabullirme de allí. Mi pensamiento era que seguramente no fuera nada, pero teniendo en cuenta lo inverosímil que me parecía estar allí, cual quier excusa me parecía válida para salir corriendo. Dando un rodeo, me acerqué a lo que finalmente resultó ser un tío de mi edad, quizás un poco más mayor. Un año, como mucho. Era un tipo bastante alto de pelo largo, rubio oscuro y liso. Me mantuve unos momentos detrás de él, en silencio. Debajo de la enorme chupa de cuero marrón, se distinguían unas espaldas anchas de un cuerpo bien cuidado y moldeado con bastante trabajo. El tipo se estaba empapando, pero no parecía dispuesto a moverse ni un milímetro. Yo no era capaz de reaccionar, no necesitaba muchas más pistas, simplemente no quería creerme que aquel tipo fuera Carlos. Simplemente porque no le veía sentido a que estuviera ahí, cuatro días después de la muerte de Marina y con tanto tiempo de desaparición a la espalda. No sabía que hacer, pero si sabía que estaba empezando a sentirme muy incómodo. Tenía una sensación horrible en el estómago y me costaba pensar y respirar. Así que actué como debería hacerse siempre, sin pensar. Le di un par de golpecitos en el hombro y se giró. Sus ojos quedaban a la altura de los míos y eran tal y como Marina los describía. Era Carlos, no había duda.
-¿Carlos? -Si.
No le dio tiempo a decir nada más. Cuando su respuesta llegó al punto, mi puño ya había estallado contra su cara, pillándole de improviso y haciéndole caer al suelo, por el factor sorpresa. No sé porque lo he hecho, pero volvería a golpearle otra vez porque la sensación de libertad que esto me ha proporcionado no es comparable a nada. He descargado contra su cara la frustración de que no hubiera estado para cuidar de Marina, de haber sido siempre él para Marina, he descargado mi envidia y mi odio y una pequeña parte iba por Laura y por Marina y por Sara y por todos los que se perdieron alguna sonrisa de Marina por su culpa. Esta muy enfadado pero muy a gusto. Finalmente, siendo consecuente, me marché de ahí.
Creía que la cabeza iba a estallarme. Llevaba en la mochila la carta de Marina, su cuaderno, una china de hachís, pitis, papeles y un bus para ir a la capital que pasaba en 10 minutos.
He dedicado el día a recorrerme palmo a palmo los lugares en los que he estado con Marina, acompañado de unos petas y de mi buena música. No sé a dónde he ido, ni el orden ni como llegué a casa. Me he despertado aquí, de hecho. En la cabeza me retumba el golpe que le di a Carlos, es culpabilidad, lo sé, pero a lo mejor tiene que ver con todo lo que he fumado.
Hace un rato he llamado a Sara y me ha buscado el número de Carlos. He quedado con él esta tarde para darle este cuaderno, sé que leerá mis palabras y las de Marina y que tendrá tiempo de plantearse si quiere devolverme o no el golpe.
Este es mi último "capítulo". Ahora te toca a ti.
"...Después de explicarte todo esto, espero que entiendas que pedirte esto es realmente jodido, pero quiero que cojas mi cuaderno, busques a Carlos y se lo des. Te quiero, quieras creértelo o no, te juro que te quiero.
Marina."
"Te quiero" y "gracias" son las palabras que más se repiten en la carta que me dejó Marina, con su perfecta caligrafía, y yo aún no me puedo creer lo que he leído; en su carta, me agradece haber estado a su lado durante todo este mes, agradece cada peta, cada calada, cada caricia, beso y palabra amable. Hay marcas de lágrimas en las esquinas y unas palabras enormes para el vídeo y la canción en la azotea, para mis escapadas nocturnas a su cuarto, para el bosque y el ruego de que no deje nunca sola a Laura. Pero también se disculpa por no saber corresponderme como merezco, dice. Se disculpa por haber muerto con el recuerdo de Carlos pegado a los labios y no con los míos. Jura que he sido muy importante para ella y que nada habría sido lo mismo si yo no me hubiera molestado en buscarla, en buscarla y tenerla cerca, pero confiesa que Carlos siempre ha ocupado su mente. Aunque no haya sido capaz de escribirlo aquí, aunque no aparezca en esta historia, dice, que siempre ha sido él. Sin embargo, dice que sabe que si Octubre no hubiera acabado con ella, Carlos hubiera desaparecido de su mente y de su piel, que sabía con toda certeza que hubiéramos estado mucho tiempo juntos y que yo hubiera acabado siendo del único para ella, que nadie la iba a querer como la hubiera querido yo. Y eso es verdad. Marina ha estado divida en tres partes; Carlos, su enfermedad y yo. No soy capaz de imaginarme hasta que punto ha debido de sentirse partida por esa situación y me parece terriblemente injusto que quede irresoluta.
Creo que en mi vida me había sentido tan roto como me sentía anoche, tan dividido y vacío. Ahora mismo si que la echo de menos y desearía que Octubre no se la hubiera llevado para poder hacer de sus palabras una realidad y que finalmente hubiera acabado tan enamorada de mi como lo estaba yo de ella. Pero la entiendo y no me siento capaz de juzgarla por sus palabras. Me ha regalado sus últimos besos y eso es algo que ni Octubre ni Carlos tienen.
También he leído su diario y es algo por lo cual me siento terriblemente culpable. No sé si tenía derecho a leerlo o no, si hubiera leído su carta antes, a lo mejor no lo hubiera abierto si quiera. Pero lo hecho, hecho está y ahora no hay manera de borrar su mes de mi mente. No hay manera de borrar el veneno que tomó, el valor de sus últimas palabras y el eterno secreto que era su cabeza. Dios mío, Marina, qué valiente ha sido y que poco se ha valorado su fuerza. Pero no era algo que yo debiera saber, este es el regalo que Marina decidió dejar para Carlos, igual que la carta era para mi. Ella sabía desde el principio que podía pedirme cualquier cosa, por muy jodida que fuera. Y es verdad, puede, de hecho es lo que ha decidido. Ha querido que fuera yo quien le diera a Carlos su "regalo", porque Laura se hubiera negado y Sara mucho más. Pero yo no puedo negarle nada, ni si quiera ahora que no está para mirarme a los ojos con su sonrisa de medio lado capaz de conseguirlo todo.
Maña se celebrará el funeral de Marina y aún no he encajado todos los golpes. No me hago a la idea, pero no me queda más remedio. Me he prometido a mi mismo estar bien, pero no puedo, no depués de lo que he leido y de como me siento ahora mismo. Pero no importa como yo me sienta, porque al fin y al cabo siempre me quedaré en el tercer plano de esta historia. Marina el primero, Carlos el segundo.
Tengo que buscarle, aunque no quiera, aunque me duela verle sabiendo lo que sé ahora. Me da un poco de vergüenza admitir que sentiré un pequeño placer al saber que yo tengo cosas en la memoria de las que él no ha podido disfrutar, a pesar de todo. El horrible placer de saber que yo estaba, mientras que él no daba señales de vida. He sido el apoyo de Marina y es una satisfacción que solo yo puedo conocer.
Creo que desvarío. Estoy demasiado cansado y no sé de dónde sacar fuerzas para seguir escribiendo, lo siento, Marina.
Todavía no me puedo creer que las cosas hayan acabado de esta manera, en serio que no me explico por qué Marina ha decidido forzar su final así sin avisar.
Anoche el ambiente era siniestramente feliz, tan feliz que a mi me repugnaba ver como toda aquella gente sonreía, bailaba y bebía. Aquello no era una fiesta y ellos se comportaban como si estuvieran celebrando que Marina ya no iba a estar más con nosotros. Tenía ganas de gritar y de liarme a golpes allí mismo. Pero eso no hubiera sido lo adecuado así que decidí buscarla para fumarme un peta con ella y pasar un rato juntos, sabía que Marina estaría muy agobiada por la situación y sentía la necesidad de estar a su lado.
Supongo que es lo normal, pero Marina no estaba. Durante media hora, me dediqué a buscarla entre la gente; me sentía aturdido, veía caras y sonrisas y gestos y oía risas y música y quejas. Pero no había ni rastro de Marina. Estaba preocupado y después de mirar en el jardín y en nuestro bosque (y de plantearme irme a mi casa porque no me encontraba demasiado bien), decidí subir a su cuarto. Era cosa de la 1.00 de la mañana y recuerdo estar muy nervioso, pero ojalá me hubiera marchado. Ojalá no hubiera subido.
La puerta estaba cerrada. Llamé un par de veces, pero no me respondía nadie y un escalofrío me recorrió la espalda. Estuve plantado delante de la puerta unos diez minutos, pero no podía aguantar más. Entré. Entré y quise desaparecer, desvanecerme o morir en ese instante. Morir como Marina, para marcharme con ella a donde quiera que estuviera. Había un vaso en el escritorio, al lado un mechero, un bolígrafo y una caja vacía de Black devil y todo estaba iluminado por la mortecina luz morada de una especie de lámpara de lava. Durante unos segundos observé con los ojos vidriosos aquellas cosas tratando de buscarle un sentido lógico a aquellos objetos. Dios, que calmado parecía todo; la escasa luz solo iluminaba aquellos objetos y el ruido de la fiesta a penas acariciaba la sala. ¿Y Marina? Marina estaba en su cama, con un precioso vestido de lunares, el pelo perfecto, la piel pálida, los labios rojos. Como un sueño, algo alejado de la realidad, casi divino e intocable. Demasiado perfecta, pero sin aliento.
Marina ya no respiraba y yo no sabía dónde coño meter todas las cosas que se estaban pasando por mi cabeza. Mi primer impulso fue bajar corriendo y avisar a sus padres, a su hermana, a alguien para repartir el peso de aquella visión. Pero me obligué a mi misma a serenarme y a respirar con calma, no podía bajar en aquel estado de miedo y de ganas de desvanecerme. Me senté en la cama y sujeté a Marina entre los brazos. Estaba tan fría, tan pálida y apagada que no pude hacer otra cosa que desear que mi calor traspasara su piel para verla abrir los ojos, sonreirme y besarme como lo había hecho hacia ya unas cuantas horas. Durante unos instantes, me sentí a morir y dejé de respirar.
Debió de pasar una hora cuando al final decidí bajar. Besé la frente de Marina y bajé. Pero antes de irme, cogí este cuaderno y decidí llevármelo conmigo. Aún no he leído nada, he pasado buena parte del día con Laura. En mi vida la había visto así, está destrozada. Tanto que no me siento capaz de llorar o de sentirme abatida cuando ella está delante. Pero la verdad es que me siento totalmente abatido porque sé que ahora es cuando voy a echarla de menos, cuando no sé como coño voy a poder volver a vivir mi vida tal y como era porque ya no concibo una vida sin mirarla pasar y preguntarme por qué no estoy a su lado. Porque yo conocí a Marina hace cuatro años y no ha habido día en el que no haya querido tumbarme a su lado y acariciar su espalda. Ahora mismo me culpo a mi mismo por no haber sido capaz de estar con ella antes, de haber esperado a esta situación para hacerla ver que la quería conmigo. Me siento partido y doblado en dos y creo que este octubre no va a acabarse nunca. Aún no he abierto el sobre que me dio, me pidió que esperara a este momento para leerlo y pienso leer cada palabra que ella escribiera para mi y todas y cada una de las páginas del cuaderno esta misma noche y no dormiré si es preciso. Ahora que Laura está dormida puedo llorar y puedo sentirla cerca, hacerla mía durante una noche más. Que sea mi última noche a su lado, aunque ella ya no esté. En fin, mi pequeña tortura.
Mi nombre es Marina, tengo 16 años y me estoy muriendo. Me estoy muriendo, aquí y ahora, en esta habitación. Ahí abajo hay todo un despliegue de medios, una gran fiesta minuciosamente organizada con los invitados bien elegidos esperando a verme aparecer por la escalera con mi precioso vestido nuevo negro de lunares. Pero yo no voy a bajar, porque soy la moribunda y no me da la gana. No tengo ánimos para ir bajar ahí y enfrentarme a todas esas miradas vidriosas y a todas esas bocas dispuestas a besar mis mejillas y a contarme un montón de anécdotas de sus vidas a mi lado que seguramente yo ya ni recuerde. No, me niego. La sola idea de tener que pasar toda la noche pretendiendo estar bien, me cansa. Porque no estoy bien, porque estoy acojonada y no sé qué viene ahora.
Los recuerdos se retuercen en mi piel y me queman. Mis ideas están solamente iluminadas por la suave luz morada de la vieja lámpara de lava de mi padre rescatada del desván para una ocasión especial. Sara me ha planchado el pelo y me ha enseñado a usar el eye-liner y me ha recomendado un bonito pintalabios rojo que me hace parecer más pálida, más morena y más femenina, al parecer. Me he mirado al espejo con toda la parafernalia, con mi vestido y el collar de mi madre y el pelo perfectamente alisado, me he mirado y me he parecido preciosa. Durante unos instantes he pensado que es bonito morirse así; inútil pero bella.
Inútil pero bella, sola, preciosa, perfecta. Sin futuro pero con un pasado que golpea mi sien y me produce unas terribles náuseas y puede que no, pero yo quiero pensar que son los recuerdos y los remordimientos los que me duelen y no el hecho de que me muero y de que mañana no podré respirar el aire helado de Noviembre por mi ventana. Y eso me asusta. Las consecuencias me asustan; las vidas de las que he sido participe y que ahora van a avanzar sin mi ¿Y dónde está el vacío y la necesidad? ¿Existen? ¿Alguien va a leerme o va a importarle que yo ya no esté? Nunca me he sentido importante y no he querido ser alguien destacable, pero hoy si. Hoy quiero saber que mañana alguien llorará porque no estaré nunca más en clase sentada a su lado riéndonos de los gestos del profesor de lengua porque aunque no sean nada especial a nosotras nos hacen mucha gracia, muchísima. Quiero que cuando ellos crucen el umbral de esta puerta se sientan terriblemente heridos, vacíos y a mi lado, dónde quiera que esté. Y que los petas que se fumen en el bosque que hay d mi casa coloquen de recuerdos más que de THC. Quiero que alguien se arrepienta de no haber aparecido a tiempo para quedarse con mi último aliento...
Hoy es mi noche, mi gran noche, la noche de mis caprichos sin cumplir y de mis deseos echados a perder en la inmensa nada que supone para mi existir en una noche de 31 de Octubre. Octubre escrito siempre con su inicial en mayúscula, porque este mes es mi mes mi Octubre. Lo he personificado para que sea testigo de como me apago. Y ahora Octubre me dice que no tiene sentido que escriba.
Y tiene razón.
Estas son mis últimas líneas, mi última confesión, mi último piti. Tengo en la mesa un vaso, mi último black devil y un mechero. Todo está listo, también el veneno. Porque eso es lo que pienso beberme nada más suene la alarma que indica que son las 00.00; Veneno. Solo porque de esta manera será rápido, limpio e indoloro. No quiero que me duela ni quiero saber hasta que hora puedo mantener estas energías casi sobrehumanas y yo ya estoy cansada. Son las 23.56, lo justo para una última canción, la primera que suene, un cigarro y todo habrá tocado fondo.
"Gracias por leerme, por haber existido y haber sido participe de mi historia. Mi nombre es Marina y esto ha sido todo por hoy y por siempre."
No soy una persona con tendencia a llorar, de hecho suelo evitarlo por todos los medios posibles. Pero hay días como hoy en los que simplemente no puedes evitarlo. No sé si es por la lluvia, porque me estoy muriendo o simplemente porque me apetecía llorar. Puede que sea por todo lo que ha pasado hoy y ayer y el sábado y mañana. En fin, solo sé que desde primera hora del día estoy especialmente sensible, especialmente triste y especialmente subnormal profunda.
A las 8.15 ha venido Laura a buscarme a casa. Había salido tan temprano de casa porque sus padres no sabían que hoy no iba a ir al instituto y hacía demasiado frío como para quedarse rondando por la calle hasta una hora normal. Pero yo estaba muy cansada (Tom había pasado una buena parte de la noche conmigo y a mi no me había dado tiempo a descansar) así que la he hecho un huequecito en la cama y nos hemos quedado dormidas escuchando la lluvia repiquetear contra los cristales de mi ventana, con Dustin O'halloran de fondo. Podríamos haber sacado la cama que hay debajo de la mía, Laura hubiera dormido ahí y yo hubiera seguido tranquilamente en mi cama. Pero no ha sido dormir por dormir, no ha sido echarse un rato para luego hacer cosas, ni remolonear, no. No estábamos durmiendo, estábamos abrazadas y recordábamos con los ojos cerrados, abrazadas y abrigadas por mi edredón. Si no fuera porque no vendría a cuento, creo que podría decir que Laura estaba llorando, abrazada a mi y dormida. Pero llorando. Y en serio que me encantaría poder saber qué estaba soñando. Pero ese es un secreto que solo saben mi edredón, la camiseta de mi pijama y Laura.
A las 10.15 ha sonado mi alarma y he empezado a darle tobas en la frente a Laura que parecía no querer despertarse.
"¡Vamos, coño, no me seas vaga, en cima que te he librado de ir a clase!" "Más te vale tener algo contundente para desayunar, si no no entiendo por qué tienes que despertarme así."
Antes de haber acabado la frase, Laura ya se había abalanzado sobre mi con una almohada y me golpeaba fingiendo un enfado categórico. Bueno, o no tan fingido, que los despertares de Laura no son precisamente suaves. Pero en fin, entre risas la he dicho que eligiera la música en lo que yo subía el desayuno. Definitivamente he compensado el haberla despertado; Un colacao y un brownie casero que papá había preparado la tarde anterior. No tiene queja. No puede atreverse a quejarse, porque si lo hubiera hecho la hubiera tirado el colacao encima y si, lo hubiera hecho. Hemos desayunado en el banco-cómoda que hay debajo de mi ventana con Owl City de fondo y la lluvia como adorno. Esas eran las últimas horas que Laura y yo íbamos a pasar solas, las dos lo sabíamos así que después de desayunar había llegado el momento de no dejarse nada por decir.
"Tronca, aún no me lo creo, en serio. ¿Qué voy a hacer yo ahora por las tardes? ¿A quién le gorroneo la casa? Y a las 11 de la noche, ¿a quién llamo yo para decirle cualquier cosa sin haberla visto a penas unas horas? No, en serio ¿qué hago yo ahora? Marina, son casi cuatro años juntas. Cuatro años de saltar en los charcos, de ir por el mundo como si no hubiera final, como si no hubiera mañana, como si esto fuera a ser eterno. Nos hemos puesto de acuerdo en miles de movidas y en miles de situaciones que, quizás, si no hubiéramos estado juntas, no hubieran salido bien. Dios mío, ¿creías que tú estabas sola el día que empecé a hablar contigo? No sabes como estaba yo y no sabes la suerte que tienes de que no seas tú la que tiene que quedarse sola ahora. No quiero que desaparezcas como si nada y que te conviertas en un recuerdo, Marina. No quiero que te vayas y me dejes aquí sola."
¿Qué puedes responderle a la única persona que ha estado 24 h, 365 días durante cuatro años para ti? Esta chica, mi mejor amiga, ha aguantado mis bajones y mis malos humores y mis subidones de adrenalina. Laura ha conseguido sacarme de casa durante este mes con la palabra exacta. Y ahora la tenía en frente de mi, llorando a moco tendido como en la vida la había visto llorar, nunca. La he abrazado y la he dicho que estaba muy fea, que no llorara. Al final, no sé cómo, hemos acabado dando saltos en la cama y bailando al ritmo de canciones como "Chica yeyé". Totalmente ilógico. Cuando Laura se ha ido eran ya las 14.30 (hora a la que salimos del instituto). La he dicho que no se olvidara de venir esta tarde al quiosco de los músicos que hay en el parque. La idea original era ir al descampado en el que solemos quedar, pero la lluvia me ha hecho trazar un plan B.
Yo he llegado allí media hora tarde, eran las 17.30 y estaban todos esperándome. Laura, Sara, Victor, Rober y Tom. Después de un par de bromas relacionadas con el frío, la espera y mi retraso (en ambos sentidos de la palabra) ha llegado el momento. Ese momento tan jodido, el peor de toda mi vida.
"Bueno, si consigo que entendáis lo que quiero deciros, la espera habrá merecido la pena. Chicos, se acabó y lo sé, lo noto. Me gustaría deciros que me siento bien y que no creo que mañana las luces vayan a apagarse en mi vida. Pero no puedo, no tengo fuerzas, quiero ser sincera y sinceramente os digo que esto es lo más jodido que he tenido que hacer nunca. Quiero daros las gracias por este mes, mi último mes. Mi Octubre, nuestro Octubre. Pero también quiero agradeceros todo lo que ha habido antes porque no me ha hecho estar moribunda para que estuvierais ahí, conmigo para todo lo que he pasado antes. Ojalá pudiera estar cuando me necesitéis, sea para lo que sea. Querría saber qué cosas van a pasaros y si vais a estar bien, cerciorarme de que no va a haber nada que frene vuestros pasos o apague vuestras luces. No sé. En serio que me gustaría poder decir todo lo que he pensado y sentido este mes. Pero no caben las palabras. Sé que seguiréis adelante, siempre, con la cabeza bien alta y que la vida os dará las vivencias suficientes como para no tener que pensar en mi ni un solo segundo del camino, recordarme como un cuento que os contaron hace mucho tiempo y del que a penas os acordáis. Como un sueño, lo que mejor os sueñe. Solo quiero que sepáis que no se me ocurre un grupo de desquiciados más locos que vosotros con los que haber podido compartir mi vida. Os quiero."
Llovía a mares. Fuera del quiosco y dentro, pero dentro llovía peor. Llovía calor y recuerdos y miedos y no saber que de decirse. El silencio se hacía demasiado denso para mi, no quería llorar aunque sabía que ya lo estaba haciendo. Finalmente he cogido la mochila que llevaba conmigo y he empezado a sacar cosas.
En primer lugar un cuaderno, para Laura. En el sobre se había una carta en la que se explica que ese cuaderno tiene fotos, citas y experiencias nuestras. Cuatro años recogidos en unas 70 páginas de recuerdos. Después le ha tocado a Rober; a pesar de tener pintas de chungo y de ir de malo de la peli por la vida, Rober es un auténtico amante de la buena poesía, así que busqué entre mis libros los más significativos y copié las poesías que más me gustaron. Además, entre medias, he decidido meter algunas de mi padre y algunas mías. Sé que sabrá cuales son. A Victor le conozco desde hace menos tiempo, pero le he conseguido una bola de cristal con el mundo grabado dentro, porque él es un chico ambicioso con ansias de tener el mundo entre las manos. Yo siempre he llevado al cuello una medalla de plata con el símbolo budista del sonido, hoy no lo llevaba, se lo he dado a Sara. Y, para Tom, solo palabras; un sobre lleno a rebosar de palabras, de imágenes y de sonidos escritos. Palabras.
Después de todo y con todos nosotros al borde del drama;
"No os pongáis así, podéis desvalijar mi habitación cuando yo ya no esté si os ha sabido a poco."
Creo que cualquiera de ellos me hubiera matado en ese momento. Al final, en vez de matarme, nos hemos rulado unos petas y hemos echado la tarde allí, entre llúvia, humo y buena compañía.
No existen palabras para decirles realmente cuanto les quiero.
También tengo un regalo para Carlos. Regalo que, injustamente le dará Tom. Se lo he pedido en medio de mis miles de palabras. Porque ambos son importantes, lo van a ser siempre. Incluso cuando yo ya no esté.
"El día que nos conocimos me sentía feliz solo por saber que podía tener gente como tú cerca mía."
Si el sábado no me había parecido suficiente (evidentemente no), mi madre ha decidido organizar otra fiesta. La Fiesta. Quiere que todos tengan la ocasión de pasar la última noche de Octubre conmigo y a mi, sinceramente, no me hace ni puta gracia. Mi madre cree que será algo emotivo; familiares y amigos juntos con la oportunidad de despedirse de la pobre y moribunda Marina. Para mi no es más que un pretexto para que la gente tenga ocasión de sentir lástima por mi, de derramar unos lagrimones innecesarios y de sentirse como pequeñas motas de polvo en un mundo infinito. No saben valorar lo que tienen y a mi me va tocar aguantar todo su dolo y toda su pena en un día en el que necesito estar bien, estar tranquila, estar sola porque nadie debería estar cerca. El problema es que mi madre entró anoche en casa muy ilusionada con la idea, los ojos le brillaban y no paraba de sonreír. Le encanta organizar fiestas y creo que trata de olvidar cual es la razón de la fiesta. Pero está demasiado ensimismada llamando gente y preparando cosas como para darse cuenta de que no tiene ni pies ni cabeza.No importa, prefiero que lo organice todo. Así al menos deja de llorar y de martirizarse.
Hoy hemos ido Sara, mamá y yo al centro comercial a comprarme un vestido adecuado para la ocasión (otro completo sin sentido de esos de mi madre). He debido probarme alrededor de un millón de vestidos distintos. Si por mi madre hubiera sido los hubiéramos comprado todos, para ella siempre estoy preciosa.
"Sonríe un poco más, cielo" "¡Quítate el flequillo de los ojos,hija , no se te ve nada!" "A ver, a ver... ¡da una vuelta!" "No sabría qué decirte, Marina, cariño, estás perfecta con ambos vestidos."
Supongo que todas las madres son un poco así. No sé si todas se llevarían la cámara de fotos a un día normal y corriente de compras con sus hijas, pero en fin. Tampoco sé si se considera "día de compras normal y corriente" al último "día de compras con tus dos hijas". Es un poco triste. Nunca me ha gustado ir de compras, los centros comerciales me agobian y el quita y pon de ropa también. Pero hoy ha sido distinto;
Al ser un día de diario, no había tanta gente como suele haber. De hecho, la primera hora que hemos pasado allí no había casi nadie. Mamá y Sara estaban muy animadas con su búsqueda del vestido perfecto, no les valía cualquiera. Debía de ser uno muy especial para mi. Me han guiado por todo el centro comercial como si realmente fueran un comando en la misión más vital de su existencia. Cuando mamá y Sara se juntan son un auténtico espectáculo, no parecen ellas. Son definitivamente muchísimo más naturales. A mi me pasa con mi padre, pero de otra manera. Es difícil de explicar.
Después de casi dos horas y media de búsqueda, teníamos el vestido; Un vestido negro con una cinta entallada por debajo del pecho y lunares blancos impregnándolo por completo. La verdad es que vivo enamorada de ese vestido, realmente parece pensado para mi. Y claro, una vez hemos tenido el vestido, los zapatos han sido pan comido. En solo tres horas ya estábamos tomándonos la merienda en la terraza del Starbucks del centro comercial. Si, en la terraza, porque estaba atardeciendo y el frío no iba a impedirnos disfrutar de un atardecer como ese. Ahí estabamos las tres, apoyadas en la balaustrada del café con nuestros gorros, bufandas y mitones puestos y viendo caer el sol. Las tres juntas, como hacía mucho tiempo que no estábamos. Sé que con lo sentimentales que son, en un año repetirán todo esto y acabarán viendo atardecer juntas. Lo sé y me produce un cálido agrado. Las siento.
Más tarde, a eso de las 9.00 ha venido mi padre a por nosotras y ya en casa nos ha suplicado que le enseñáramos el vestido. Mi padre escribe muy bien, pero actúa fatal y yo sabía que el vestido tampoco le interesaba tanto como nos estaba haciendo ver. Así que he decidido que tendría que esperar al miércoles para verlo. Finalmente hemos cenado todos juntos, Sara y papá han preparado crêpes salados y dulces y mi madre y yo hemos colocado todo en la mesita baja del comedor y hemos elegido una película. Esta vez ha tocado "El truco final, el prestigio". Es una muy buena película. La primera vez que la vi fue con Laura, eso es agradable.
Ahora mismo son poco más de las 23, estoy muerta y mañana tampoco tendré un día calmado. Por la mañana Laura a accedido a hacer pellas conmigo. En un rato alguien llamará a mi ventana, las ventajas de vivir en un segundo piso con un árbol chocando contra tu ventana es que siempre hay un príncipe dispuesto a rescatarte de la torre. Creo que dormiré un poco antes de que Tom empiece a dar golpecitos en mi ventana.
"Si no fuera con mayúscula, Octubre no sería mi Octubre."
Mi memoria ahora mismo se asemeja bastante a una casa que se derrumba poco a poco. Paseo por ella con una linterna intentando iluminar las zonas menos derruidas a golpe de alcohol y de petas. El antes está claro y el después también, el durante son imágenes parpadeantes como luces de neón de un bareto de mala muerte. Así que iré poco a poco, sin prisa.
La fiesta empezaba a las 9.00 y a las 6.30, Sara ya estaba dándome el coñazo para que empezara a prepararme. Quería que me duchara lo antes posible para poder peinarme, maquillarme y ayudarme a elegir un vestido (sobrando, por supuesto, tiempo para que se preparara ella). Finalmente la he convencido para que se preparase diciéndola que después, si eso, nos encargaríamos de mi.
A las 8.30 han llamado al timbre. Yo estaba en ropa interior pero peinada y maquillada, en la habitación de Sara viendo sus vestidos. Mi hermana debe de tener un millón de vestidos ahí dentro y un portal espacio-tiempo para poder guardarlos todos. La decisión se planteaba como una dura batalla, pero ahí estaba mi caballero andante, Laura, dispuesta a salvar la situación. Me he fiado de ellas y después de probarme tres vestidos he acabado con uno vestido azul oscuro palabra de honor abullonado por la parte inferior y con un estampado negro de rosas. Los términos técnicos han corrido por parte de Sara, que es la que controla. Laura ha dicho, textualmente que iba a hacerme un hijo. Eso es mucho mejor que bueno.
Cuando hemos bajado Victor, Rober y Tom estaban decorando el salón yo colocando algo de comida y bebidas. Después de tragar con los comentarios de Rober y Victor sobre lo "macizas" que íbamos las tres, hemos decidido ayudarles. La verdad es que Sara y Laura también tienen lo suyo; Laura llevaba un vestido "blanco roto" con escote de barco, ancho y entallado a la cintura con un cinturón de imitación de cuero trenzado a juego con la cinta que le adornaba el pelo. Y Sara se ha decantado por una falda de tubo y una camisa ajustada y escotada. Lo raro hubiera sido que no hubieran dicho nada. Y ahí estábamos, Tom y yo, muertos de la vergüenza sin mirarnos ni hablarnos y evitando roces. Como dos profundos subnormales adolescentes.
A las 9.45 ha empezado a llegar la gente (con esa característica puntualidad inglesa que tiene la gente de mi edad) y cada uno ha hecho su pequeña aportación.
"¡Tiós, traigo birras!" "¡Tíos, he pillado hachís del bueno!" "¡Tíos, vaís a flipar con el musicote que os traigo!"
Cada comentario que oía me parecía más escandalosamente estúpido que el anterior y, joder, ¿cuánta gente había entrado ya en mi casa? La verdad es que sigo pensando que Sara se le ha ido un poco de las manos, pero es lo suficientemente orgullosa como para no admitir nunca que no estaba todo planeado. En fin, eso no es lo importante. La cuestión es que a partir de las tres primeras cervezas y del segundo peta es cuando mi mente comienza a derrumbarse y es cuando comienza lo realmente destacable. Es horrible no recordarlo con la exactitud que me gustaría, pero en esto es lo que hay. Escombros de cerebro.
No sabía ya ni que hora era, ni en qué día vivía ni a quién pertenecían los rostros y más rostros que iban pasando por delante mía y que me saludaban y sonreían con amabilidad y con muchísimo entusiasmo. Habían convertido el salón en una pista de baile, eso lo recuerdo bien. Recuerdo también que la música estaba muy alta y que había muchas manos pasándome vasos y petas y pitis y de todo. Tenía unas ganas irrefrenables de bailar y había alguien dispuesto a satisfacer mis apetencias. Un chico alto con el pelo rubio y unos enormes ojos casi negros se había acercado a mi y me había invitado, casi gestualmente a causa del elevado volumen de la música, a bailar con él. Así que nada, ahí estaba, en medio de la pista hasta las cejas de todo y bailando con un completo desconocido que se pegaba cada vez más a mi. Es agradable saber que estás guapa y que hay chicos que se interesan por ti, pero no es agradable ver como alguien a quien le importas y que ocupa un sitio importante en tu corazón te ve bailar con un tipo que no ha hecho méritos para estar ahí. Tom había pasado media canción mirándonos, pero cuando se cruzaron nuestras miradas ya no pudo más y salió por patas del salón. Y yo quería salir detrás de él para darle explicaciones Dios sabe de qué, pero aquel tipo me había retenido por la cintura y estaba intentando besarme. Con un par de gestos, conseguí zafarme de él, pero, joder, pensé que al final me tocaría acabar la canción.
Sara se había encargado de ambientar bien la casa poniendo luces tenues en tonos violetas, rojos y azules. La casa estaba bastante oscura y yo iba dando tumbos y agarrándome a las paredes para no caerme. Me pareció ver que eran ya las dos y pico de la mañana y todos estaban ya cieguísimos. Después de un rato haciendo eses, me frené en una zona más o menos apartada y con poca gente. Me apoyé en la pared y cerré los ojos tratando de recobrar un equilibrio ya casi inexistente. Todo esto en mi cabeza se ve distorsionado, como cuando abres los ojos bajo el agua. Pero se ve. No hay detalles concretos, pero algo se distingue.
Solo sé que de súbito sentí una mano apoyarse en la pared al lado de mi cabeza y unos labios acariciando suavemente los míos. Esos labios ya habían estado ahí antes; era Tom. Abrí los ojos y le miré, aunque no le veía del todo bien. Pero si podía oírle y juro que eso es lo más nítido de todo lo que hay en mi cabeza.
"Marina, Marina, mírame. Marina, no te mereces esto. No te mereces tener que frenar tus impulsos y tus deseos por una persona que se ha ido y no es capaz de estar aquí contigo cuando le necesitas. Marina, escucha, que le jodan a Carlos y que le jodan a Londres. Esta noche eres mía y sabes que no deseas lo contrario."
Madre mía, ¿Cómo se puede querer lo contrario con esos dos preciosos ojos azules mirándote tan de frente y con esa voz acariciando los sentidos? No se puede y menos en el estado en el que me encontraba. En ese estado en el que no puedes ni hablar. Tom me estaba mirando, esperando una respuesta y mi cuerpo ha reaccionado rodeando su cuello. Claro que de todo esto no me he acordado hasta después de tomarme un café por la mañana. También me he visto a mi misma recibiendo una copa en las escaleras que suben hacia el piso donde están las habitaciones. Dios mío.
Cuando he escrito antes, eran, efectivamente, las 4 de la mañana. Al parecer mi móvil se cambia solo la hora. Después de escribir me he quedado totalmente dormida sin pensar ni un instante en quién estaba a mi lado y la verdad es que en ese momento no recordaba nada y pensaba que era el chico rubio que ha bailado conmigo. Por eso me he sentido muy aliviada cuando he abierto los ojos a eso de las 11.30 y he visto a Tom rodeándome con sus brazos y totalmente desnudo. Bueno, eso no ha sido un alivio. Me ha hecho bastante gracia. Un poco más conscientes, como a la 13.20 he bajado en silencio a por un par de cafés, aspirinas y unas magdalenas para que comiéramos algo y pudiera bajársenos un poco la resaca. La casa parecía una auténtica leonera, pero Sara prometió limpiar y yo no iba a quitarla ese honor teniendo a un chico desnudo en mi cama.
Después de "desayunar" hemos comenzado, poco a poco a hacer memoria de los hechos acontecidos durante la fiesta. Pero eso ha sido acompañados de besos con sabor a café y a calor, con un poco de Love of Lesbian de fondo, sin ropa, sin prisa, sin pudor. Como si lleváramos toda la vida compartiendo esa cama. Por supuesto que no todo ha sido ternura, me queda menos de una semana de vida y he querido aprovechar bien mi tiempo...
"Marina, no quiero que te suene a cerdo, pero no me parece bien que no recuerdes tu primera vez. Creo que debería haber una segunda y creo que debería ser ahora. Conmigo."
Así de sutil ha sido la segunda vez y ya mejor no mencionar todas las demás. Solo sé que estoy realmente cansada y que me pasaría otra tarde aquí metida con él. A decir verdad me pasaría el resto de su vida. No es justo que existan personas así. No es justo tener una vida lo suficientemente buena como para que morirse suponga un puto problema. Ya no soporto la idea, pero realmente no puedo hacer nada.
Tom acaba de marcharse hace a penas quince minutos, yo acabo de darme una ducha y de bajar para cenar algo, papá y mamá han llamado hace unos cinco minutos diciendo que en una hora, más o menos, estarán aquí. Yo me voy a dormir porque no puedo más; la cabeza me da vueltas. Ya se sabe; ayer dije nunca más, pero no oigo lo que digo.
"Caricias en la cadera, besos en el cuello, mordiscos en los pezones."
La cabeza la habitación y yo damos vueltas. Son las cuatro de la mañana, según mi reloj, así que deben de ser las tres. Estoy en la cama, pero no estoy sola; hay alguien conmigo y a juzgar por lo cerca que está, lo que rozo con mi piel desnuda es su piel desnuda. Aún llevo los restos de la borrachera encima, no sé quién es. Estoy iluminando la hoja del cuaderno con la escasa luz del móvil. No estoy en condiciones de escribir, tengo mucho sueño.
"Siempre cerca. Siempre cerca, muy cerca, Marina, hemos estado ahí miles de veces. Juntos.
¿Juegas?"
En el alfeizar de mi ventana, enganchada con celo y con unas cuantas chapas pinchadas, he encontrado esta tarde la nota. La primera nota que me invitaba a jugar y a recordar y a avanzar.
Las chapas, tres chapas; la primera chapa es negra con la palabra "Madrid" en azules y rojos. La segunda tiene dos gatos negros larguiluchos y estirados y la tercera es la cara de Jack, de "Pesadilla antes de navidad". He dedicado varios minutos a mirarlas. Aquellas chapas las compró Laura hace unos dos años, en plaza de España. Aquella era la primera vez que íbamos a Madrid juntas y Tom venía con nosotras. Recuerdo que yo elegí las chapas de Laura y que ella eligió las mías. Recuerdo que Tom miraba unas púas unos puestos más adelante y que no paraba de resoplar porque elegíamos muy lento.
De súbito, cogí mis cosas y salté, como quien dice. Acababa de llegar a casa de haber estado haciendo unas compras por el barrio y aún tenía la cartera y el bono en la mochila. Así que sin pensarlo ni un instante, fui con paso ligero a la parada de tren que queda cerca de mi casa. Eran las 18.25 cuando al fin ha llegado el tren, Dios mío, estaba atacada de los nervios.
Una vez en plaza de España he comenzado a caminar entre la gente y no sabía muy bien qué hacer. He estado unos diez minutos sentada y al borde de la desesperación, la curiosidad me puede. Ya iba a desistir cuando he oído una voz rasgada cantando "Stand by me" y acariciando una guitarra al compás. Yo ya conocía a ese hombre; aquel era el tipo que estaba en el puesto de las púas, con el que habló Tom. Movida casi por un impulso nervioso, me he acercado a él y me he quedado ahí, de pie, mirándole con las manos en los bolsillos y la vista perdida en sus dedos. Al acabar la canción ha levantado la vista, sonriendo, y me ha mirado directamente a los ojos.
"Tú debes de ser Marina, ¿no? Creo que esto es tuyo."
Sin dejar de sonreír, ha extendido un papel arrugado y un tanto sucio. Era otra nota, era otra parte del juego y la intriga no paraba de crecer en mi. Ya solo podía pensar en saber más.
"Yo sé que sueñas en imágenes; imágenes lumínicas y sensacionales.
Tú y yo nos parecemos un poco a esas imágenes, ¿Sabes?
Pero tú más que yo.
Yo soy como el cine, avanzo sin pausas para quien quiera verme.
Tú permaneces.
Brillas.
Busca la pantalla arriba."
Estaba totalmente descolocada ¿Arriba? ¿Arriba de dónde? Arriba. He comenzado a mirar a mi al rededor, hacia arriba. Arriba, altura, cine, imágenes, proyectores, Amelie. Estaba todo encajado en mi cabeza y ahí estaba aquel edificio abandonado que hay en frente de plaza de España; arriba, alto.
Me acerqué a la entrada y había otro papel;
"Dale brillo a los papeles, vuela. Arriba, sube."
¡No me lo podía creer! todo encajaba perfectamente, Dios mío, todo iba de maravilla. Me guardé el papel en el bolsillo dónde estaban las otras notas y las chapas y comencé a subir. Sentía el corazón en la garganta, me temblaba de las pestañas hasta los tobillos pasando por todas mis extremidades. Era una sensación tan inmensa que daba hasta miedo. Subido casi más de medio edificio tuve que pararme, no podía más. La respiración se me había descontrolado por completo y me ardía la cabeza. Me había encogido sobre mi misma, tratando de recuperar el aliento cuando la alarma de mi reloj pitó indicando las 20.00 y ha ese ruidito minúsculo, le siguió los tres pitidos típicos de las películas antiguas antes de comenzar a reproducirse. Después ha sonado música, sonaba el tema principal de la película "El triunfo de un sueño". Muy despacio me he levantado del escalón y he continuado subiendo. De una habitación salía una brillante luz, salía la música y entraba yo. En medio de la sala había un proyector y al lado de este una silla con mi nombre escrito en un papel. Me he sentado y he comenzado a ver la película. Juro que no hay manera humana de describir lo que estaba proyectándose delante de mis ojos. Pero quiero intentarlo.
"Una niña me sonríe desde la pantalla. Es pequeña, tiene el pelo negro como el carbón, la piel pálida y los ojos castaños. Está jugando con otra niña, más mayor de pelo castaño pero con los mismos ojos. Las dos van vestidas igual y una mujer juega con ellas. Marina cumple tres años y juega con su hermana a explotar las pompas de jabón que les ofrece su madre. Se oye una risa; es la risa de su padre que las está grabando.
La pantalla se queda en negro y ya solo se oyen las risas. Suenan a música, casi como caricias.- Cierro los ojos, sonrío.- Las músicas se van apagando y entonces se oyen las voces mal grabadas, desde un móvil, de una panda de adolescentes intentando imitar a su grupo favorito.-Abro los ojos- Una colina, tres personas, dos chicas y un chico. Marina, Laura, Victor. Un grito. Otro grito. Dos más. Una risa nerviosa. La persona que graba también quiere gritar. Alguien lo sustituye y él también grita. De la mano derecha Marina, de la mano izquierda Laura. En medio Tom. La imagen se desvanece y unas letras ocupan la pared en la cual se está proyectando el vídeo.
"Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, está lloviendo"
Eso es lo que pone. -Cierro los ojos, dejo caer la cabeza muy lentamente.- Suena lluvia chocando contra el suelo. -Creo que es el suelo, pero puede que sea un cristal, o el capó de un coche, o contra el agua de una piscina.- suena lluvia. En las mejillas, rodando hasta el cuello, lluvia como sollozos. Pero la lluvia para.-Abro los ojos miro a la pantalla y me olvido de secarme la lluvia de los ojos.- Una serie de imágenes saltan en la pared; Londres, Tokyo, Los Ángeles, Nueva York, Toronto, París, Budapest, Copenhage, Marsella, Venecia. Todos esos sitios que no va a poder visitar, pero que viven en ella; la complementan. Entrelazadas con las ciudades están los rostros; sonrisas amigas y amables en el parque de las Delicias pero también en el sofá de casa de Laura, o por Madrid con Sara. Recuerdos, pequeños detalles capturados en fotografías. No solo personas; libros, dibujos, cuadros, gominolas, cartas, pinturas de colores. Imágenes y más imágenes bombardeando su memoria. -Si lloro un poco más, creo que acabaré por deshidratarme.- Sus amigos, las personas a las que quiere y que van a vivir su vida sin ella como lo han hecho mientras estaba. Todos ellos sonríen ahora y parecen un recuerdo nubloso en su mente, como si se alejaran. Ahora está sola.
¿Sola? No, nunca. Nadie permitiría que me quedara sola. Por eso la última imagen es el mar. Brillante azul, eterno y precioso. Parece que baila para mi desde la pared, me invita a huir, me invita a buscarle. Me obliga a llorar, pero eso no es su culpa. Porque a pesar de la distancia el mar siempre va a estar ahí. Incluso cuando yo ya no esté, él seguirá ahí y estará esperando a que hunda mis pies en la arena para poder hacer chocar sus olas contra mis tobillos. El mar. Lo único que quería ver antes de morir. Ahí lo tengo. Casi puedo oler el salitre y noto la humedad en mis dedos y en mis ojos.
"Sigue subiendo, Marina, te estoy esperando en la azotea."
Fin."
Así es como acaba el vídeo. He dejado en esa habitación un trocito de mi y en mi cabeza están grabadas las imágenes que habían asaltado mi cabeza en unos instantes. Con una sensación muy pesada en el cuerpo he subido arriba del todo, para descubrir al evidente culpable de todo esto. Y allí estaban; Tom y su guitarra. Preciosos y perfectos recortados contra el amanecer. La guitarra acústica estaba conectada a un amplificador y Tom tenía en la mano una púa. Nada más verme aparecer, la guitarra decidió atacar.
Tom ha tocado para mi. Me miraba, sonreía, tocaba, se ponía serio de golpe y dejaba salir de su garganta cada palabra. Cuando ha acabado yo estaba sentada a su lado en el borde del muro que hace de valla.
Le he sonreído y me he acercado un poco más, preguntándole el por qué de tomarse tantas molestias. Me ha mirado con incredulidad.
"Parece mentira que aún no lo entiendas, Marina."
Es todo lo que ha dicho. Después ha dejado la guitarra, ha acariciado mi mejilla y ha agarrado mi barbilla con el índice y el pulgar, muy suavemente. Y un segundo después me ha besado. Me ha besado y yo le he besado a él y los nervios me han comido la cabeza y las ganas. Lo que me ha resultado un siglo han sido a penas unos segundos. Pero la presión me ha ganado; he salido corriendo y le he dejado ahí tirado.
Tal cual. De camino a casa, en el tren, a eso de las 9.30, me he deshecho en lágrimas y he jugado en mi cabeza al escondite y Carlos ha llegado y ha dicho "Por mi y por todos mis compañeros" y en serio que ahora no sé donde meterme todas estas ideas.
Mis padres se han ido todo el fin de semana a una especie de spa por cortesía de Sara, la cual me ha dicho que mañana vamos a celebrar una fiesta clandestina en mi honor. Que están todos invitados.
Todos.
"Pequeña de las dudas infinitas, aquí estaré esperando mientras vivas."
Esta mañana, a las 7.30 mi padre ha comenzado a sacudir mi hombro; primero despacito, luego con más ahínco y ha acabado zarandeándome hasta hacerme despertar. Con una sonrisa de oreja a oreja me ha dicho;
"Dúchate, vístete y baja. Hoy vas a conocer uno de los lugares más mágico que puedas imaginar."
Urueña. Con la mirada atenta a la carretera y casi después de diez minutos en silencio, eso es lo que mi padre ha dicho.
"Urueña es un pequeño pueblo de Valladolid, supongo que eso no te dice nada ¿verdad? Pues debería. Urueña es la villa del libro."
El pueblo en cuestión está a dos horas y media de aquí, mi padre ha decidido hacer un viaje express conmigo y saltarse por completo el trabajo. Mi padre no suele hacer ese tipo de cosas, así que he supuesto que era algo importante para él. Hemos desayunado en un bar de carretera al que dice que iba siempre cuando viajaba más de esa manera. También hemos decidido apagar los móviles; queríamos estar totalmente incomunicados del mundo. Papá ha dicho que ese día era solo para él y para mi y que nadie (ni mamá, ni Sara, ni Tom, ni Laura, ni sus jefes, ni nadie) debía interrumpirnos.
Cuando hemos llegado eran las 10.53, hacía bastante frío, pero el pálido sol que se colaba entre las espesas nubes acariciaba los huesos y te obligaba a sentirte mejor. Una vez hemos bajado del coche, mi padre ha pasado su brazo por encima de mi hombro y me ha apretado contra él sonriendo y dándome unos segundos para admirar la especie de fortaleza medieval que se abría ente nosotros. Al parecer en aquel lugar la mayor parte de los establecimientos se dedican a la venta de libros, es un reclamo turístico para un público muy específico.
"Aquí es donde me trajo tu abuelo cuando yo tenía tú edad. Hicimos este viaje en su viejo coche, yo estaba mareadísimo y él no paraba de sonreir. Cuando llegamos, se sacó del enorme bolsillo de su abrigo un cuadernito que debió encontrar en mi cuarto. Era una cuadernito pequeño en el cual yo solía escribir historias y hacer algunos garabatos, mi padre decía que yo era muy bueno, que tenía espíritu de papel. Así que me trajo aquí y ahora yo quiero que tú conozcas este lugar."
Durante un instante, mi corazón se ha parado. Pensaba que iba a sacar esta libreta y que iba a echarme en cara algunas de las cosas aquí escritas. Pero se me ha pasado todo al ver el entusiasmo dibujado en su cara. Este viaje es la "despedida" de mi padre, lo sé, pero lo sé ahora. En ese momento ninguno de los dos lo ha pensado; hemos recorrido una a una cada calle y cada tienda, el museo, la muralla.
Las calles de Urueña huelen a libro y a todo lo que este olor implica. Los libros huelen a historia, a pasado y a cenizas. Huelen al pelo de Sofía, la mujer que Charles encontró en el anden dentro de aquel libro. Huelen a tapas de cuero, a tinta fresca. Urueña huele a vida escrita, a sueños. Es un lugar apacible, de cuento de hadas. Merece la pena ir y estar allí.
A eso de las 4.30, después de comer y pasear otro tanto, ha comenzado a llover y mi padre y yo nos hemos refugiado en una librería un poco más apartada del resto. Era un sitio pequeño, los libros estaban descolocados por todas partes. Había libros en las estanterías, apilados en una mesa, en sillas, y también en los peldaños de una escalera de caracol que daba al segundo piso. Sonaba la voz rasgada y seductora voz de Edith Piaf en un viejo vinilo que se quebraba en algunas partes de la canción. Olía a tabaco de pipa y a café. La tenue luz que entraba por las ventanas se filtraba a través de unos paneles de colores que teñían la sala con rojos, morados, azules y verdes que le daban al suelo y a las paredes unos matices brillantes y fantasiosos. En los pocos espacios de las paredes que quedaban libres, podían verse formas pintadas; árboles, siluetas, lluvia... y al fondo de la sala, entre libros, había un anciano canoso, con una larga barba y unas gafas de media luna. En su mano izquierda sujetaba una pipa y en la derecha un pequeño libro de tapas verdes. El humo que dejaba salir por la boca hacía pequeñas volutas al rededor de su barba, hundiéndose en ella. Ahora no leía, nos miraba por encima de los cristales de las gafas y sonreía dejando ver unos dientes pequeños, descolocados y amarillentos. Su nombre es Lucio.
Lucio ha dedicado casi dos horas a explicarnos cuándo y por qué abrió aquella librería, una auténtica historia adornada por un fuerte acento francés.
"La abrí en 1967 con 30 años. Había pasado toda mi vida viajando por el mundo, estudiando literatura, conociendo escritores, recolectando libros. Yo siempre he sido muy bohemio..."
Cuando Lucio abrió la librería buscaba huir de su pasado; Maddelaine. Una joven forzada a casarse con un importante empresario de la época. Lucio salió de París y comenzó a beber en todos los bares de los distintos pueblos de Francia. Lucio tiene miles de historias que contar.
"Algunas están ya escritas, aquí, entre los miles de libros. Algunos de ellos están escritos por mi, firmados con otros nombre, pero totalmente verídicos. Siempre observo a la gente que entra y espero a que alguien elija uno y decida llevárselo. Nada me hace más feliz que ver una de mis miles de historias saliendo de aquí y largándose a conocer mundo."
Mi padre y yo nos hemos llevado tres libros. Los tres, al parecer, están escritos por él. Uno de ellos cuenta la historia completa de su romance con Maddelaine, otro narra la historia de un ciego que quería pintar un cielo que no conocía y el último es un diario chiquitito de por qué la tienda es como es. Ese último está ahora apoyado en mi pierna. Hoy no estoy especialmente cansada y he decidido que voy a leerlo entero esta noche.
Hemos decido volver a eso de las 5.40, durante el viaje mi padre y yo íbamos cantando a Fito, a Drexler, a Pedro Guerra, a Sabina y todos esos cantautores que emocionan al llorica de mi padre y que a mi me dan una bonita sensación de calidez. Es un viaje largo, lo hemos hecho de golpe y al volver mi madre nos ha acribillado con su histerismo y sus preguntas. Yo solamente he besado su mejilla y me he subido directamente aquí, a escribir y a leer.
Además, he tomado una decisión; El día que esto se encuentre, por favor, seas quien seas. Busca a Lucio y dale este libro, o una copia, algo. Pero haz que llegue a él, quiero que sea suyo.
"Maddie, Maddie... tengo tu sonrisa grabada en mi boca y ya no sé qué hacer. No sé que beber que no sean tus labios."
Me siento encerrada, atrapada, como en un callejón sin salida. Tengo miles de historias en mi cabeza y cuerpos sin rostro y Madrid sin vidas. Mi cuarto suena a silencio hueco y mi mente sueña con cigarros prohibidos y tragos largos de cervezas amargas.
Esta noche quiero estar sola, decido estar sola, me siento bien así y no necesito de nada.
Mi nombre es Marina, pero esta noche no importa mi historia, ni mi equilibrio; esta noche se abre mi ventana y entra el frío, la calle suena a vida a historias. A historias de Martes, casi miércoles y huele a lluvia de sábado desenfrenado.
Últimamente no tengo ganas de escribir. Me estoy haciendo mayor.
La tele suena en el salón, una voz suave y sentida cuenta una demoledora historia totalmente real. Basura televisiva. Mi madre está sentada en el sofá, no la veo pero lo sé, está sentada y cabecea con la cabeza apoyada en la mano, la manta deja al descubierto la punta de sus pies, los mismos pies que están apoyados sobre el regazo de mi padre que acaricia sus tobillos con una mano y con la otra sujeta un libro de poesía. Le gustaría poder recitarle alguna de las poesías que está leyendo, pero sabe que ella no va a escucharla. Está pendiente de los lagrimones que brotan de los ojos de una completa desconocida en la tele. No le importa, cuando los lee para si mismo piensa en ella y se siente feliz.
Al lado de mi cuarto está Sara, estudiando, repasando, hinchándose el coco con párrafos y párrafos de una asignatura que solo se siente capaz de calificar como "absurdo puto coñazo". Sé sin tener que verle la cara que sonríe porque lleva los cascos puestos y estará escuchando M-Clan. Le apetecía, lo ha dicho antes durante la cena. El flexo de mesa que tiene al lado a veces parpadea y Sara se pone nerviosa. En unos minutos lo apagará y se tirará sobre la cama dispuesta a a olvidarse de todo y a poder hablar un rato con Rober.
Mi móvil a pitado ya cinco veces, pero me apetece ignorarlo. Ese es mi capricho. Ese y la pequeña bolsita hasta arriba de maría, al lado del grinder, los papeles y los pitis. Después de escribir me pondré a liar y aún no habré mirado el móvil. Me sentaré en el alfeizar de mi ventana, me encenderé el peta y aún no habré mirado el móvil. Y una vez esté encendido y yo haya dado la primera calada, cuando el humo esté ya en mis pulmones y el vaho causado por el frío de la calle me haga perder la conciencia de mi propio humo, el móvil habrá dejado de existir en mi cabeza. Estaremos la media luna y yo, será 24 y tendré un día menos, pero no pasará nada; estaré demasiado ciega como para llorar mi pérdida. Seguramente me estaré riendo de todo tirada en la cama y me quedaré sobada con el sabor a caladas en la lengua, no me importa. Me apetece volar lejos de esta rutina. Quiero que mi madre escuche a mi padre leer y que le de muchos besos en agradecimiento y quiero que Sara vuelva a dibujar y que queme los libros y se olvide de todo. Que se venga conmigo, que se haga unos petas.
Pero yo no decido. No está en mi mano que cambien las cosas, pero si puedo analizarlas todas y grabarlas en mi retina. Me gustaría viajar esta noche.
Vengo de la habitación de Sara, estaba llorando. Sara se parece tanto a mamá que parece un reflejo descolocado; más joven, más fuerte, pero igual de sentimental. Cuando he entrado la he visto sentada con las piernas cruzadas en la cama y con un montón de álbumes y fotografías esparcidas por la cama. Eramos nosotras desde la primera hasta la última foto. Sara me lleva tres años.
"No sé si mamá te habrá contado alguna vez que yo no quería tener hermanos porque quería que me hicieran caso solo a mi. El día que naciste, el abuelo me llevó al hospital de mano y cuando estábamos en la puerta de la sala de espera le dije al abuelo que no quería entrar, que no quería verte, que yo no quería que dejaran de quererme papá y mamá. El abuelo me abrazó y me dijo que no entraríamos hasta que no me hubiera cansado de que él me abrazara y me diera el cariño suficiente como para que el que te dieran a ti no fuera nada en comparación. Creo que estuvimos media hora abrazados antes de entrar, papá estaba de los nervios. Estabá pálido y se mordía las uñas. Papá dijo que eras una niña preciosa, que iban a llamarte Marina y me dio la mano para que fuera a verte. Y ahí estaba mamá, sudada y con una bolita pequeña, de ojos azules y morena entre los brazos. Cuando me acerqué a ti dejaste de llorar, te quedaste dormida y me dejaron cogerte; tan pequeña, tan pálida, tan tranquila. Igual que ahora. Luminosa. Ese es mi primer recuerdo. Tú."
Nadie me había contado nunca esa historia de aquella manera. Pero entendía lo que Sara quería decirme con aquello.
Con mucho cuidado aparté las fotos y los álbumes y me senté a su lado, Sara se ha apoyado sobre mi y se ha echado a llorar como en la vida la he visto llorar. Me he abrazado a ella y he besado su frente y acariciado su hombro.
"Yo no quería tener a nadie en la habitación de al lado, yo no quería compartir mis juguetes, ni compartir a papá y a mamá. Y ahora mismo no se me ocurre una vida sin ti, Marina. Y sé que lo sabes."
A Sara no le gusta que la vea llorar, siempre ha sido ella la protectora y yo la protegida. En el colegio, en el instituto, en casa. La entiendo bien, la entiendo como si fuera ella la que se estuviera muriendo. La entiendo, la entiendo muy bien, pero no tengo palabras para explicárselo. No sé explicarme ni demostrarlo. Pero sé que acabará leyéndome. Y entonces solo quiero que sepa que no se me ocurre ninguna otra persona que no sea ella para estar ahí desde siempre y que algún día la vida le agradecerá todo lo que ha hecho por mi.
Te quiero mucho.
"Le dejó el mismo vestido que había usado ella cuando cumplió los seis años, pero se enfadó un poco al ver que a su hermana pequeña le sentaba mejor."
Quedan nueve días. Nueve nada más. Quedan nueve días y no voy a ir a Londres, ni a Nueva York, ni a París, ni a Tokyo, ni a Buenos Aires. Madrid va a ser mi tumba y aquí no hay mar para mi. Y me voy a morir sin volver a ver el mar ¿Hay algo peor?
Hoy he estado con Laura en Madrid y llovía. No llovía mucho, pero llovía. Nos hemos refugiado en un café y hemos hablado durante horas. Para mi han sido años, muchos años. Han pasado 14 años en un segundo y las dos teníamos una vida y un empleo. Hacía mucho que no nos veíamos, comentábamos lo bien que nos van las cosas y las ganas que tenemos de ir de cena y a dar una vuelta por Madrid como siempre hemos hecho. Durante un instante hemos vivido a sorbos de café caliente el futuro.
El futuro.
La única cosa que no me da miedo. Respeto si, pero nunca miedo. El futuro es la única cosa por la que merece la pena estar vivo; la aventura, la duda, el misterio. Vivencias.
El futuro os pertenece a todos, a ti a Laura, a Carlos, a Tom, a Sara, a Victor, a Rober y a todos los que sigan avanzando. Es vuestro y deberíais querer hacer de él algo único, cálido y luminoso.
No sé quién está sosteniendo esto, pero este mensaje lo acabará leyendo alguien y solo espero que haga de su vida algo que merezca la pena recordar.
Llamé a Tom, le colé en mi casa, le metí en mi cama y me abracé a él. Prometo que no lloré, ya me había vaciado antes. Cuando le llamé era la 1.20 y a la 1.45 ya estaba debajo de mi ventana, le obligué a jurar que no le había despertado, que aún no estaba en la cama y que no le importaba pasar la noche conmigo. Con una enorme sonrisa ha entrado en mi casa y ha besado la comisura de mis labios. Hemos subido en absoluto silencio a mi cuarto y ahí hemos estado hablando y fumando petas hasta las 6.00.
"Marina, por favor, deja de hacerte la dura. No pasa nada por tener miedo, joder, qué no eres de piedra. Que sientes y padeces como todos. Si yo fuera tú estaría muerto de miedo y no pretendiendo que solo es un trance. Marina, escucha, te quiero. Y quiero que sonrías las veinticuatro horas de todos y cada uno de los días que te quedan conmigo."
No he sabido qué decirle. El contexto para sus palabras ha sido el adecuado, acababa de contarle toda la experiencia vivida en el hospital y no había dudado ni un segundo. Me ha escuchado con toda la atención que se le puede prestar a alguien. Después ha dicho eso. Justamente eso; la verdad.
Todo esto, todo mi cuaderno, todas las cosas que digo, hago y pienso no son más que una máscara, una mentira bien dibujada que disimula que estoy muerta de miedo.
No quiero morirme. No quiero someterme al tratamiento. Me quedo sin opciones, pero no puedo frenarme y esperar. Estoy acelerando mi propio proceso de experiencias. A penas me queda una semana y ya noto que me ahogo con cada segundo que pasan. Lloro más, pienso más, siento más y me acojono casi con cada palabra que oigo.
¿Cómo puedo hacer que se entienda que ahora que se qué es vivir no me siento capaz de morirme así, porque si? No puedo.
Me siento rara, extraña conmigo misma, a disgusto.
Cuando Tom se ha marchado me he sentido jodidamente sola, abatida. Laura ha dicho que mañana iríamos juntas al rastro y luego a ver una exposición. Solas, cómo debe ser.
Quiero ir y llenarme de Madrid para compensar las horas que paso en mi cuarto encerrada lamentándome.
"Camino por Madrid en tu compañía."
Hace un rato encontré esto. Está firmado por Tom.
No creo que lo haya olvidado. No creo que no esperara hacerme sonreír.
Bueno, eso pasó el jueves. Llegué a casa tardísimo y mi madre estaba esperándome en el sofá, llorando. Se organizó ella sola un exageradísimo melodrama en cuestión de minutos. Pero tenía razón, estoy haciendo lo que me da la gana sin contar con nadie.
Se lo compensaré.
Pero hoy tampoco he aparecido a penas por casa. Hoy por la mañana tenía una cita con el "destino".
A eso de las 11.45 he cogido el autobús que me dejaba, más o menos, cerca del hospital.
El hospital. Ese edificio gris por fuera y gris por dentro; un horrible mastodonte de hormigón que se confunde con el cielo de los días lluviosos como hoy. Era como si me mirara, como si me echara la culpa por no querer someterme al tratamiento. Me estaba juzgando con su gris y una náusea a recorrido todo mi cuerpo y solo podía pensar en salir corriendo. Pero algo me ha empujado hacia dentro, una fuerza extraña. No importa el nombre que le ponga, lo único que importa es que ahí estaba.
Una vez dentro, me han pedido que pasara a una especie de despacho y ahí había tres personas; Una mujer, alta delgada y sonriente, de unos 37 años. Un niño pequeño, como mucho tendría 10 años, abrazaba a su oso y me miraba como si no entendiera el por qué de que estuviéramos ambos en la misma sala y por último un señor mayor, que evitaba mirarme a la cara y se apoyaba en su bastón con la vista perdida. Estaba muy asustada y no sabía que decir. Es algo que ha debido de ser evidente, la mujer se ha acercado a mi y ha tomado mi mano sin dejar de sonreír.
"Tú debes de ser Marina, ¿verdad? Mi nombre es Marta, él se llama Pablo y este es Joaquín. Nosotros dos padecemos unas variaciones poco comunes del cáncer. De pulmón, de páncreas y él tiene un tumor inestirpable en el cerebro."
Se me ha helado la sangre. Ha dejado de circular, lo sé. Pablo era el niño pequeño y le correspondía el cáncer de páncreas. Marta el de pulmón y Joaquín, el anciano, el tumor. La mujer me ha invitado a tomar asiento y me ha ofrecido un vaso de agua. Después ha comenzado a hablar, casi en susurros y me ha contado su historia; Marta tiene 40 años y lleva dos años sometiéndose a la quimioterapia. Cuándo detectaron el cáncer se quedó sola, su marido no pudo soportar tanta presión la dejó en la estacada, sin ningún tipo de apoyo moral. Así fue como conoció a Joaquín y a la casa que su mujer regenta, un chalet espacioso en el que acogen a gente con enfermedades similares a las de su marido. Gente que no tiene con quién estar, que busca una "familia" que le de cobijo y puda decir sin miedo que si, que los entenden y aceptan
"Joaquín a penas puede hablar. Pero sé que está muy orgulloso de su mujer y de todos nosotros. Marina, no somos leprosos. Somos enfermos por mala vida o por mala suerte. Pero la gente eso no termina de entenderlo, no entienden que es muy duro sobrellevar este tipo de situaciones y más si estás solo. Pablo es huérfano de madre, su padre se pasa el día trabajando y lo deja con nosotros. A penas tienen recursos, pero se tienen. Deberías ver cómo sonríen cuando se encuentran."
No podía creer ni una sola de las palabras que estaba oyendo. Marta ha dicho que comprendía que no hubiera querido someterme al tratamiento, que es un infierno personal las constantes pruebas y visitas al médico. Ha dicho que soy muy valiente, pero yo no me he sentido así.
Esta gente está muchísimo más jodida que yo y se aferran a la vida con cada suspiro. No les importa nada pasarse horas y horas en el mastodonte de hormigón para luego llegar a casa agotados. Prefieren eso a rendirse. Soy una cobarde.
Pablo se me ha acercado y me ha agarrado del brazo, mirándome con los ojos muy abiertos. Me ha preguntado por lo que me pasa.
"Me estoy muriendo, ¿sabes?" "Yo también ¿por qué tú no vienes cómo yo todos los días?" "..." "Algún día podrías venir y jugar conmigo un rato. Eso sería genial"
Me ha sonreído. Me ha sonreído y se me ha caído el mundo, las ideas me temblaban, se me ha acabado la vida en un segundo. Se la he regalado a él y después le he abrazado. Marta sonreía y Joaquín me miraba, tratando de explicarme en silencio que estaba contento de verme. Después de eso, Pablo me ha dicho que le iba a pedir a su padre que me dejara ir a jugar con él algún día. Yo le he sonreído y me he despedido.
Marta se ha quedado conmigo.
"Se que el doctor buscaba condicionarte con esto. Quería que te sometieras al tratamiento y esperaba que yo te convenciera de ello. Marina, llevo ya mucho tiempo en esto y te envidio. Ojalá yo pudiera aceptar mi final sin más, ojalá me dieran las fuerzas para quererme durante el tiempo que pueda. No tienes que hacer nada que no quieras. Nunca. Tengas el tiempo que tengas, solo debes centrarte en ser feliz. No lo olvides."
Pablo ha llamado a Marta y ella ha vuelto a entrar a la sala después de abrazarme y besar mi mejilla. Yo me he ido de allí con paso firme, con la mente en blanco. Con fuerza solo hasta que he llegado a mi cuarto, ahí se ha desvanecido mi ser. Sonaba "People help the people" de fondo en el aleatorio de mi mp4 y a mi se me ha deshecho el mundo. He llegado a casa a las 16.12 y no he salido de ahí en todo el día. No tenía hambre, ni ganas de nada. El móvil se iluminaba indicando que me estaban hablando, que me habían llamado, que estaba preocupados por mi. Pero no estaba para nada. Me he dormido y cuando me he despertado estaba fuera de mi cuerpo. Seguía en el hospital, jugando con Pablo y acompañando a Joaquín en uno de sus paseos. Estaba allí, esperando mi turno para la revisión mensual. Era Noviembre.
Ya es tarde, estoy cansada de estar llorando, de seguir sobreviviendo. De estar sola. Mi habitación es enorme.
A lo mejor llamo a Tom.
"¿Qué harías tú si pudieras elegir? ¿Serías más feliz o tendrías más miedo?"
Se me ha olvidado que existía el mundo. Se me ha olvidado hasta que existía este cuaderno, pero es que estos dos días han sido una espiral caótica de sensaciones en muy poco tiempo.
¿Por dónde empezar? Quiero contarlo todo y no comerme ningún detalle.
Ayer fui con Laura, Tom y Victor a la manifestación. La Gran Vía estaba desbordada de gente, gente gritando y luchando por una idea, defendiendo sus derechos y protestando por todos y cada uno de los abusos sufridos por parte de un gobierno completamente errado en sus actos. Miraras a donde miraras solo se veían cabezas y más cabezas, solo se oían alaridos furiosos, consignas cargadas de verdades y sufrimientos. El pueblo está harto de que les tomen el pelo, se ha despertado tarde, pero no importa. Se ha despertado. Y ahora solamente se está desperezando, se estira y bosteza. Pero pronto despertará y será imparable. Ni si quiera la policía podrá hacer nada contra esto. Ojalá no tarden demasiado en despertar del todo y ojalá estallen como un alarido que reviva a los muertos. De esa manera hasta yo podría verlo.
La manifestación terminó tarde, muy tarde. Tom y yo habíamos perdido de vista a Laura y Victor. Él estaba muy preocupado, no paraba de mirar a todas partes.
"Lo más seguro es que hayan ido a la cabeza..."
Agarré su mano y tiré de él pasando a trompicones entre la gente. Le arrastré conmigo hasta llegar a la cabeza. Y ahí, en frente de aquellos cascos que reflectaban nuestra propia imagen, supe que Tom ya no estaba tan pendiente de Laura como antes. Apretaba mi mano con la vista fija en el casco del policía, que a mi me recordaba a un robot, tragaba saliva y respiraba lo justo y necesario. No era miedo lo que me parecía ver, era más bien una actitud desafiante. Sus ojos debían quedar más o menos a la altura de el policía, pero yo le veía enorme, brillante y lleno de una fuerza indómita. Sabía que en su cabeza el griterío de la gente se había acabado, pero no sabía en que estaba pensando.
Yo seguí ahí, de su mano, gritando como todo el mundo, pero a su lado. El tiempo pasaba y la manifestación parecía disolverse. Madres, hijos y abuelos comenzaban a marcharse, aplaudiendo y solo los más jóvenes se quedaban ahí, en la primera línea, esperando. Eran al rededor de las 21.30 y mi móvil vibraba en el bolsillo de la chupa. Era Laura, un mensaje;
"No sé dónde estáis, pero os esperamos en Moncloa. L"
Se lo enseñé a Tom y tiró de mi por entre la multitud hasta quedar en una calleja apartada. La manifestación había acabado. Pero él no quería volver a casa.
"Voy a llamar a Laura y voy a decirla que se vaya a casa, que Victor la acompañe. Pero, por favor, quédate conmigo esta noche."
De no haber sabido con quién estaba y en que contexto me estaba hablando, me hubiera acojonado y hubiera salido de allí corriendo. Pero asentí, sin pedir permiso ni tan si quiera plantearme si estaba bien o no pasar la noche por Madrid con el frío que hace ya. Asentí y sonreí.
Tom llamó a Laura y la explicó que nosotros estábamos bien, que iríamos en el búho. Después de colgar me abrazó y se quedó así al menos cinco minutos. Yo no entendía nada; no entendía por qué me apretaba con tanta fuerza ni por qué parecía tener miedo de soltarme. Pero ahí estaba, rodeándole con los brazos y susurrándole que todo estaba bien. Cuando se separó de mi tenía los ojos vidriosos y una sonrisa de medio lado mal dibujada. Me dio la mano y comenzó a hablar. Estaba temblando.
"¿No tienes la sensación de que acaba de ocurrir algo enorme y hemos sido testigos silenciosos de ello? La gente ha tomado las riendas de sus situaciones y ha elegido pelear por su pan. Marina, la gente es como tú. Han afrontado el problema y son valientes, no tienen miedo."
Hablaba atropellado, acelerado, cómo si no hubiera manera humana de frenar sus palabras. Estaba muy nervioso y aún no entiendo por qué. A eso de la 1.00 pasa el búho, el primer autobus del servicio nocturno. Hemos cogido ese y Tom parecía más calmado, de hecho se ha durmió apoyado en mi hombro.
Disney es un engaño, es como la publicidad, es basura para mentes crédulas y deseos de un poquito de felicidad. Todo mentira; la gente real no tiene siempre un final feliz. La gente real pierde a otras personas, es humillada, es maltratada, está puteada en un trabajo infernal. La gente real se muere.He pasado todo el día viendo películas de Disney; un montón de pobres desgraciados que luchan y al final vencen al malo.
Este viernes voy a ir a visitar a los terminales y estoy asustada. Ayer llamó el doctor diciéndome que ese día esperaban mi visita, por eso estoy así. Estoy crispada, cansada, acojonada, triste y más moribunda de lo que podía llegar a imaginarme. Ya es 17 y estoy realmente mermada, me canso con facilidad y mi mayor placer es esconderme bajo las mantas con un buen libro. Hoy ni si quiera he visto a Laura, no he salido a fumar con Tom. No quiero tener que contarle a nadie que mi cuerpo pide a gritos una vida que no puedo darle. Parezco una jodida rata moribunda y cobardica. Tengo miedo a vivir demasiado y dejar de ser capaz de querer morirme. No tengo ganas de escribir, ni de sentir, ni de nada. En un rato llamará Laura y me dirá que mañana vamos a ir a la manifestación me guste o no. El problema es que sigo pensando demasiado en todo; el dolor me hace pensar, el miedo me hace pensar. Si solo hiciera por hacer y por vivir no tendría problemas de pasarme las tardes muertas en casa. Creo que estoy enloqueciendo, creo que definitivamente no estoy en mis cabales.
Algo está pasando;
Over thinking.
No voy a poner excusas. Voy a dejarme arrastrar por ella y por los que vendrán con nosotros. No tengo ninguna otra opción, en realidad. No voy a hacerme de rogar, quiero ir y retomar un rato las riendas de mi libertad, de mis pensamientos y de mi vida. Ahora mi cuerpo es mío y de la puta enfermedad, la victoria es suya, pero no va a conseguir anularme. No tan fácilmente.
Ojalá estuviera lloviendo ahora. Cuando llueve se piensa mejor.
No me gustan los martes. Los lunes si, los martes no.
No me gusta la gente. No quiero pensar, ni respirar, me enfado con el mundo como si tuviera tres años y dejo de respirar. No me gustan los días como hoy. Martes, martes, esta mierda con "m" de mudo. A nadie le gusta Madrid un martes. A mi no. Y ahora soy yo mi todos.
Llevo dos horas sola, hay gente en casa y los oígo, pero no están, no me tocan sus palabras ni sus ideas. Estoy sola, me veo sola, me respiro sola.
No quiero estar aquí, no quiero estar despierta. Quiero soñar con humo blanco y denso, con rasgueos de guitarra, quiero soñar con el mar, con Londres, con Venecia, con París y con parajes de colores. Próxima primavera echa fotografías. Si supiera pintar dibujaría mis ideas. Si tuviera ganas de explicarlas podría usar miles de palabras para hacerlo entender. Pero hoy no quiero; se me cierran los ojos, me pesan los párpados, me duelen los miedos.
Buenas noches mundo. Buenos días sueños.
"A mi también me jode estar mal pudiendo estar todo en su sitio."
Todos tenemos miedo. Es verdad, todos tenemos miedos y no hay un miedo mayor que otro.
Pero siempre tendemos a darle más importancia a unos que a otros; mujeres, niños y ancianos primero, luego los moribundos y después el resto del mundo. Las cosas no son así.
Y por eso hoy está Laura ahí, durmiendo en la cama plegable de mi cuarto, encaramada a la almohada desde hace ya un rato.
He pasado la mañana con Tom y su guitarra. El rascando las cuerdas y yo haciendo el intento de que ser cantar. Pero él no estaba como siempre, no. Estaba más callado y más "sonrisa triste y no real".
"Laura no está bien. Estoy preocupado."
Laura no está bien. Claro que no está bien; a Laura le encanta pensar. Es como un vicio, dedica horas y horas y más horas a darle vueltas a las cosas. Cuando algo no va bien, cuando hay un problema, aunque no sea suyo, lo absorbe y lo analiza hasta que no queda nada por deshacer. Por eso sé que estaba pasando por su cabeza cuando he ido a buscarla y me he enfadado con ella por no contarme que no se presentó a las pruebas de baile por acompañarme al concierto. Lo primero que ha preguntado es si me lo ha contado Tom y luego ha comenzado a hablar, a excusarse y a tratar de hacer que no lo pensara más.
"Puedo presentarme a pruebas de baile miles de veces con un cincuenta por ciento de posibilidades de un si y otro cincuenta por ciento de un no. No importa lo buena que sea, no importa lo bien que lo haga. Cincuenta, cincuenta. Pero solo me quedan quince días para estar contigo. Y eso no tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de mierda."
Es un hecho, lo sé, me muero. Pero hasta ahora solo me lo había planteado con respecto a mi. Yo me muero y se acaba todo, pero ¿y todas esas personas qué se quedan aquí y siguen viviendo sus vidas al margen de mi acabada existencia? No había pensado en que esto podría no ser solo mi fin si no el comienzo de otra vida para todo el mundo.
Me tengo el suficiente cariño como para saber que les va a importar; que no soy un lastre, que en algún momento me echarán de menos.
Después de decirme eso, Laura me ha abrazado, llorando. Llorando ella y llorando yo. Llorando mis ideas y mis padres y mi hermana y Carlos y Tom. Llorando los recuerdos de cuatro años juntas y llorando los recuerdos de toda una vida separadas. Es muy triste no poder decir que todo saldrá bien porque ambas sabemos que esa frase está totalmente fuera de lugar. Finalmente, con toda la llorera encima he dicho que había que dejarse de tanta mariconada y nos hemos ido a mi casa riéndonos de todo lo que ha pasado.
Es la 1.45 de la mañana, Laura abraza la almohada ajena a mi y a mi bolígrafo. ¿Cómo decirla que quiero estar ahí siempre? No tengo ese derecho.
Mañana por la mañana la acompañaré al instituto y la recogeré a la salida. Parezco más su pareja que su amiga, pero la quiero mucho. Mucho más. Yo no iré mañana a las clases porque a mi no me importa ejercer mi "derecho a huelga", pero ella no puede permitírselo y ambas lo sabemos. Creo que iré a por unas magdalenas de colores de esa tienda que está pasado el mercado de Fuencarral, sus favoritas son las rojas. Y se las ha ganado.
Carlos. Carlos y sus ojos verdes. Carlos y su sonrisa infinita. Carlos y su falta de aprecio a la gente que bebe, a la gente que fuma, a la gente que necesita el desfase extremo de las sensaciones artificiales. Carlos.
¿Qué diría si me viera ahora? Resacosa y ojerosa, fumando cigarrillos y acompañando las notas de guitarra de Fito a sorbos de cerveza de la mala. Le veo con claridad en mi mente dejando de sonreir y apartando la mirada. No sabe nada de esto. No sabe nada de Marea, ni de los cigarros, ni de Tom, ni de que me estoy muriendo. Y sin embargo, sin aparecer, actua como mi conciencia; es el único motivo por el que la resaca me sabe realmente mal. No tengo noticias de él, ni él sabe nada de mi, pero me gustaría poder tenerle cerca.
Antes he estado un rato con Tom. Se ha liado un peta en el bosquecillo que hay en mi urbanización y nos lo hemos fumado juntos. Tosiendo como una descosida, con los ojos llorosos y la cabeza más en Londres que en cualquier otra parte, le he contado (muy por encima) la historia de Carlos. Tom la ha escuchado pacientemente, en silencio, cómo si meditara mis palabras una por una y muy lentamente. En medio de mi historia ha sacado la yerba, los papeles y un piti y a comenzado a liar otro, pero no me he dado cuenta hasta que me lo ha ofrecido.
"No te rayes. Sea como sea y vuelva cuando vuelva, no te rayes..."
Eso ha dicho dando una calada larga al terminar y sonriendome al soltar el poco humo que aún retenía. He estado al menos 15 segundos con la vista clavada en sus ojos. Creo que no pretendía ayudarme con esa frase, creo que simplemente quería que no lo pensara más. Me he abrazado a él, yo que se por qué. Sus ojos me lo pedían; me lo gritaban más bien. Tom y su boca rojiza, Tom y sus brillantes ojos azules. Sus ojos y su boca pedían ese abrazo, de manera indirecta, sin decir nada ni tratar de demostarlo.
A lo mejor me he equivocado. Puede que Tom no quisiera ese abrazo, a lo mejor era yo la que lo necesitaba y he preferido pensar que él me lo estaba pidiendo. Yo que sé. La cuestión es que me ha retenido largo rato entre sus brazos. El tiempo suficiente como para que el porro y Carlos se esfumaran.
Ha sido realmente agradable. Como todas las tardes que paso con él hablando en el bosquecito.
Ha sido tan agradable que ahora solo puedo pensar en soñar, no sé si se me entiende.
Yo si.
¿Alguna vez has gritado hasta no poder más? ¿Hasta marearte y tener que parar para toser, para vomitar energías? La adrenalina recorre todo tu mecanismo, te hace destrozar tus propios esquemas y no saber llevar el ritmo de tus latidos. Laura, Tom, Victor, Rober, Sara, Marea y yo.
He saltado al lado de Sara, he gritado con Laura, he bebido con Rober, he reído con Victor y he llorado abrazada a Tom. El problema es que no recuerdo el orden de las cosas, que está todo mezclado en mi cabeza a base de alcohol del malo y falta de sueño. El problema es que puede que esté diciendo la verdad o puede que me lo esté inventando todo.
Dios mío. Aún me retumba el pecho al recordar los acordes, todo está mezclado menos la música. Veamos;
A las 4.30 de la tarde hemos cogido un tren en Atocha dirección Ávila. En un primer momento ibamos a ser solo cinco e iríamos en el coche de Rober, pero Victor se nos ha unido en un último momento y hemos tenido que buscar otra manera de ir. De esto me he enterado media hora antes de salir de casa, así que ya he comenzado algo perdida en todo esto. La organización del día se ha realizado durante el trayecto, pero yo iba leyendo y, evidentemente, no me he enterado. Supongo que realmente no le he dado importancia al orden de las cosas, mis prioridades estaban claras; música, alcohol y más música. Pero poner la oreja no hubiera estado de más.
A eso de las 7, hemos llegado a Ávila, cómo era de esperar, aquello estaba atestado de gente con camisetas de Marea, mochilas y la excitación típica de antes de un concierto. Paso por paso, lo primero, era ir a un chino a por la bebida, el más próximo al establecimiento, a poder ser, para no tener que caminar mucho rato con las botellas. Cómo bien habían supuesto, no se podía pasar la bebida así como así. Al menos no a la vista. Por lo tanto, los que llevábamos mochila, hemos tenido que encargarnos de pasarla dentro. La verdad es que hemos pasado sin percance alguno (la teoría de Victor es que tres escotes siempre ayudan bastante, yo confío más en la suerte). Abrirse paso entre la gente ha sido una aventura que, por supuesto, ha resultado fallida. Aunque no del todo; no teníamos la primera fila, pero estábamos en la zona central. Algo es algo.
El concierto empezaba a las 22.00, a las 9.45 estábamos ya perfectamente situados y expectantes, pero el grupo no ha salido hasta las 22.30. A esa hora ya teníamos el calor del alcohol en el cuerpo metido.
De golpe, las luces se desvanecieron. Un acorde, otro, el siguiente; ahí estaban. El público estalló al unísono, todos sabíamos qué canción era, todos queríamos hacernos oír y vibrar con cada sonido. Repetiría esos instantes una y otra vez sin cansarme, volvería a quedarme sin voz. Con cada canción, miraba a alguno de mis acompañantes, bebía un trago, le daba caladas a todo lo que me ofrecían, yo que sé. Me sentía viva con todas esas cosas pensadas para asesinarte un poco. En fin, no sé.
A eso de la 1.00 ha terminado el concierto, pero teníamos demasiado subidón encima como para poder plantearnos buscar un sitio en el que dormir y el primer tren no pasaba hasta las 6.00. Así que hemos seguido a una marea de gente que buscaba un lugar donde asentarse y beber. Sentados en un hueco, nos hemos visto rodeados de música, olor a alcohol, a maría y de un creciente buen rollo. Yo ya no sabía ni dónde estaba, ni mi nombre. De hecho tengo un interesante vacío de tiempo desde que llegamos a la explanada dónde estaban todos hasta la hora en la que Sara dijo que había que ir tirando para el tren. Sara no bebe, ella solo fuma, así que más o menos controla la situación. Yo al parecer llevaba un ciego importante, no podía casi ni hablar y dice que, de milagro, no vomité. Ella tenía curro a primera hora, así que nos ha dejado a Laura, Tom y a mi en su casa y se ha llevado a Victor y Rober a casa de este antes de irse.
Eran cosa de las17.30 cuando al fin me he despertado con un zumbido insoportable en los oídos y un dolor de cabeza que me resultaba una maldita agonía. A mi lado estaba Tom, tirados en la cama de Laura (que estaba abajo, al parecer, preparándonos la merienda). Un rato después ha subido con unos enormes bocadillos de nocilla y unos batidos con una pinta realmente apetecible.
El caso es que nos hemos puesto a recordar y algo he sacado en claro; no tengo ni idea de algunas cosas que hice/ dije anoche y, a judgar por las miradas que cruzaban Laura y Tom, hay cosas de las que debería tratar de enterarme.
La verdad es que sigo muy cansada, además estoy aturdida y confusa. No quiero pensar en lo que he podido hacer o decir. No sé. No quiero pensar, solo quiero volver a revivir la noche de ayer tal cual fue.
"Que teja en las tejas la lluvia, que a mi me da igual."
Vale. Vale, vale, vale. Acabo de llegar, vengo de casa de Laura. Ayer fue el concierto de Marea, llegamos a casa a las 8.30 de la mañana y, como es evidente, no he podido escribir nada. Pero que no haya escrito no quiere decir que no haya pasado nada y como me dejé el cuaderno en casa no he podido escribir nada.
Necesito ordenar mis ideas.
Necesito una ducha. Qué cojones, me voy a duchar.
Si hubiéramos pasado el día en la capital, hubiéramos paseado entre edificios mostrando un valiente y enorme sonrisa de satisfacción.
Pero ese no era el plan de hoy; nada de fotos, nada de cine, nada de adolescencia de anuncio de zapatillas; Tom, Victor y Rober, nos han llevado a Laura y a mi a un descampado lleno de viejos trastos inservibles; neveras viejas, televisores rotos, lavadoras, armarios, espejos, tocadores, mesas, sillas, ordenadores...
Según nos ha contado Victor, han pasado toda la mañana y buena parte de la tarde recogiendo esos objetos. Laura y yo nos hemos mirado con un encogimiento de hombros y los chicos se han reído de nuestro gesto.
"¿Nunca habéis destruido por el placer de destruir?"
Victor reía y nos observaba sosteniendo un piti en la comisura de los labios. Tom sujetaba una barra de hierro al hombro y usaba otras dos de bastón. Rober, con las manos en los bolsillos, nos observaba alternativamente a todos. Y entonces han empezado con la nevera; los chicos han empezado a golpearla con toda la rabia que les permitian sus brazos; con gritos, con jadeos, con embestidas y patadas cargadas de tensión y malas artes. Cuando ya no podían más, se sentaron en los bloques de hormigón que tenían a modo de bancos y sacaron unas litronas. Tom me ofreció su palanca y luego fue a sentarse con los otros. Y esta ha sido mi experiencia:
Había una televisión antigua de esas con cristales enormes, abombados y negros. En la tele, se veía mi reflejo; una chica paliducha de pelo negro y labios rojos, con una chupa de cuero desgastada y una barra de hierro en la mano y con un gesto de terror en la cara. "Me tengo miedo. Me está ganando la parte más débil de mi, he elegido vivir y estoy más muerta ahora de lo que lo estaré en unos días..."
Con un grito, he golpeado la pantalla una vez dejando enganchada la barra. Y luego una vez y otra vez, contra la pantalla y contra la chapa, los cristales saltaban a mi alrededor, los otros me coreaban, pero yo ya no escuchaba nada.
Jadeante y al borde del agotamiento, he dado los últimos golpes. Tom se ha acercado y me ha abrazado con mucha fuerza, como si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza, como si sintiera que en cualquier momento podía desvanecerme y caer. Solté la barra de golpe, mis manos estaban amoratadas y llenas de arañazos. Rober me acercó una litrona guiñándome un ojos y pidiéndome que no le contara nada a Sara o le dejaría sin pelotas.
Lo que ha seguido a eso han sido risas, pitis y litronas y más litronas. Son las 2.20 de la mañana y no he podido escribir hasta ahora, el papel se me movía y la mano se me deslizaba.
Me duelen las manos que están amoratadas e hinchadas, las noto palpitar y cada segundo con el bolígrafo en la mano es una puta tortura.
La boca me sabe a colillas y la habitación aún parece querer dar más vueltas a mi alrededor. No sé muy bien en qué estado he llegado a casa, solo sé que Sara me ha cubierto y que hasta hace unos minutos yo estaba durmiendo.
Mañana es el concierto de Marea. Mañana toca el grito.
"I was so broken. I was feeling like one of your promises."