miércoles, 10 de octubre de 2012

Miércoles, 10 de Octubre.

Han bajado las temperaturas. Va a llover, puedo olerlo, puedo sentirlo y eso me gusta. El asfalto y el cielo se confunden y la ciudad queda llena de bohemios y valientes.
Hoy tampoco he ido a clase, pero avisé a Laura. Y ella también avisó a alguien;
A las 9.45 alguien ha llamado a la puerta. Estaba sola en casa, en camiseta ancha y calcetines de invierno. Y así, tal cual, he bajado a abrirle la puerta a Tom que sonreía sujetando una caja del Dunkin Donuts.
Le he dejado pasar cogiéndole la caja y cerrando la puerta tras de él:

-¿Unos cafés, unos donuts y unos pitis?
-¿Cómo es que has venido?
-No sé, Laura dijo que estabas rara y que no irías a clase y pensé que te vendría bien un poco de visita, ¿no?

Hemos apartado la mesa del comedor y ha conectado su iPod a los altavoces. Entre Love of Lesbian, Sindonie, Second y más grupos del estilo, hemos pasado la mañana, jugando a confesarnos lo mucho que amamos la filosofía barata. Nos encanta hablar para decir cosas que nos parecen profundas, nos encanta perdernos en nuestras propias reflexiones, me encanta el azul de sus ojos y la manera en la que brillan cuando estamos de acuerdo en algo.  En fin, después de un rato hablando de estos dos últimos días y de lo reflexiva que me he vuelto he acabado apoyada sobre él, llorándole al hombro. Pobre Tom, cuánto más lo pienso peor me siento; ha tenido que aguantar a mi parte más pobrecita y más moribunda. 

"La culpa es de la música, que te hace pensar."

Ha dicho besando mi frente y se ha acercado al iPod para buscar una canción; Realize de Colbie Caillat.
Me ha tendido la mano y me ha dicho que íbamos a bailar. Evidentemente, me he reído de él y luego me he negado. Pero el se ha reído más que yo y me ha agarrado del brazo pegándome a él y comenzando a moverse. Me miraba y se reía diciendo que me dejara llevar; "Déjate llevar" ¡Cómo si fuera así de sencillo!
Mis pies han decidido que no les gustaba la idea de hacerme quedar bien, han preferido hacerme tropezar dudar y acabar de los nervios. Y Tom no paraba de reírse y yo no podía dejar de notar arder mis mejillas.
A medida que la canción iba avanzando, mis pies han avanzado con ella. Y con él. He dejado de mirarlos, Tom me sonreía. Yo le sonreía a él. Era como una extraña ficción publicitaria. 
Y entonces, cuando más a gusto te sientes, la canción se acaba. Nos hemos fumado otro piti riéndonos en el suelo de mi torpeza.
Cuando se ha ido, he buscado la canción y he bailado con la mente. Pero creo que no bailaré así más.
Quiero bailar bajo la lluvia.

"Let me see you dance, I love to watch you dance..."

martes, 9 de octubre de 2012

Martes, 9 de Octubre.

Serotonina; Felicidad y satisfacción.
Dopamina; Amor, pasión y placer.
Acetilcoína; Aprendizaje, memoria y sueños.

Hormonas. Hormonas y nada más. A mi me recuerdan a nombres de medicamentos o de grupos alternativos. Pero son bonitas, son curiosas y pequeñas y enrevesadas. Casi son como lo que representan.
La verdad es que en un contexto normal, nunca me hubiera fijado en las hormas que producen lo que siento, pienso o padezco. Pero últimamente me fijo muchísimo más en todos esos pequeños detalles que conforman las cosas.
En filosofía, Laura a bostezado 35 veces, el profesor ha dado 68 palmadas al final de cada explicación para reforzar sus argumentos, Martina ha estornudado 19 veces, Diego se ha rascado la nuca 7 veces en dos golpes (esto lo sé porque digo se ha sentado delante mía) y cinco minutos antes de que sonara el timbre se han caído tres lapiceros, los tres de la chica de trenzas de la esquina que ha llegado este año y creo que se llama Clara. Y a mi todo esto me llama mucho la atención porque son cosas tan pequeñas como la Acetilcoína, pero tan grandes como la memoria. Curioso, ¿eh?
El instituto no sirve para nada. No explican nada, no te enseñan nada de lo que realmente importa. Es decir, ¿de qué me vale saber que hay números infinitos sin la imaginación suficiente como para usarlos todos?
Te dan información; muchísima información ordenada y clasificada pero argumentan poco las razones por las cuales se explica o debería ser interesante. Creo que he aprendido más de la vida como un trayecto a realizar en una semana que en 14 años de explicaciones de ridículos "porqués". El problema es que no sé que hacer con toda esta nueva información, no sé que va a ser de ella y eso me eriza el vello de la nuca y me da dolor de estómago. Nadie valora esto y a mi me da miedo contarlo y que me miren como si estuviera loca.
El médico volvió a llamar; me ha propuesto visitar a una serie de enfermos terminales que están recibiendo tratamiento. Está convencido de que eso me animará a permitirle analizar y pinchar y escarbar y arruinar mis segundos de existencia.

"Vámos, Marina, ¿qué te cuesta? Ellos recibirán una visita y tú una experiencia."

Supongo, que por curiosidad o simplemente por buscar a alguien que me mire a los ojos y pueda explicarme el valor real de todo lo que estamos pasando, iré. Quiero historias en mi cabeza que no tengan que ver con mi casa, mi barrio y lo que rodea a esta nebulosa que tengo por vida.
Iré, pero no pienso someterme a nada. Nunca. Y ahora que he aceptado lo que va a venir menos.
Estoy hasta arriba de acetilcoína y serotonina. Pero me falta un poco de dopamina para completar mi vida, literalmente.

"A veces la única manera de comprender lo que pasa en tu interior es mirando a tu alrededor."




lunes, 8 de octubre de 2012

Lunes, 8 de Octubre.

La gente odia los lunes. Los lunes, ya ves, una cosa tan tonta como un día de la semana. Queremos siempre lo primero en todo; en moda, en cine, en tendencias, en electrónica... pero repudiamos el primer día de la semana. Hoy no he ido a clase. He pasado toda la mañana en Madrid, observando a la gente. Observando un Lunes cualquiera. Me he sentado en un banco cerca de Plaza de España y  he pasado horas ahí, bolígrafo en mano y café al lado.

Ciudad, gente, pasos, prisas, gritos, metros, humo, prisas, prisas, prisas, tabaco, café, papeles, murmullos, platos, ahogo, trabajo, tacones, mochilas, mecheros, chasquidos, autobuses, taxis, coches, bicicletas, cielos azules, bufandas, pañuelos, estornudos, hojas secas, cigarrillos, móviles, música, bullicio, quejas, risas, tropiezos, resacas, ojeras, gafas, chaquetas, vaqueros, medias, botas, hombres, mujeres y niños.
La ciudad, la ciudad, la ciudad y sus prisas embotelladas de lunes de Octubre. La gente corre, la gente se grita dentro de los coches y fuera. La gente. La gente bulle  en una espiral de incansables golpes de zapato sobre la acera. Derramando sus fines de semana en el asfalto y bebiendo a sorbos una poción reconstituyente a la que llaman café. Puros placebos. 
Las palabras que más escucho son "Putos Lunes" en todas sus variedades. La gente está parloteando cómo loca de lo que han  hecho en los tres días que no se han visto. Y yo creo que, si no lo dosifican, mañana ya no tendrán nada más que contar, ¿qué harán entonces?
Prisas, prisas, pasos, prisas. Nadie ha girado la cabeza hacia mi, porque a nadie le importa qué hace una chica de 16 años en un banco a las 9.15 de la mañana en lugar de estar en clase. Porque a nadie le importa que esté escribiendo sobre ellos, ni tampoco que por prestarles atención mi café se haya quedado frío. Y, sin embargo, aquí sigo; sentada mirándolos a todos, extraños que pasan y ríen, o lloran, o bostezan, o pasan por pasar camino de cualquier parte.
La causa final de todas esas prisas es que la ciudad se ahoga, tose y se retuerce bajo los pies de toda esta gente pero nadie lo ha notado aún. Y cuando yo me haya marchado nada habrá cambiado, salvo las horas.
Pasos, pasos, ciudad, prisas.

A las 11.30 me he ido de allí. Realmente no he estado todo el tiempo mirando, también he leido, escuchado música y dibujando (o algo parecido). Luego he ido a una tienda de golosinas en la calle Toledo a comprar grajeas de colores y finalmente he ido a la estación de tren.
Por la tarde a venido Laura a casa. Estaba muy enfadada.

"No me importa que hagas pellas, en serio, pero ¿Tanto te costaba avisar?"

Más que enfadada estaba preocupada y la entiendo. Si la situación fuera al revés, la hubiera descabezado al instante. Pero bueno, se le ha pasado un poco cuando le he enseñado las grajeas. También he pensado contarle lo del cuaderno, pero este es mi secreto para la tumba. El único hasta la fecha. Cuando se ha ido, Laura, me ha hecho prometer que mañana iría a clase. O al menos que daría señales de vida. La he obligado a comerse una grajea de tutifruti como única respuesta.
Y ahora me fumo un cigarro al ritmo de Quique Gonzalez. El chico que me enseñó a este cantante por primera vez, solía decir que era música de café y cigarrillo. Yo tengo el cigarro y las gominolas, pero no sé si para él hubiera sido suficiente.

"El poeta acaricia cicatrices con un tacto de puta de lujo."

domingo, 7 de octubre de 2012

Domingo, 7 de Octubre.

Al otro lado de todo
-por encontrarte-
como si fuese morir.

La biblioteca de mi padre; como un microcaos en medio del perfecto orden de mi madre, te atrapa y te envuelve, poco a poco, libro tras libro. Poesía, prosa, historia, fantasía. Motas de polvo dispersadas entre los miles de montones de libros y el olor a papel viejo. Mis favoritos son los de poesía, los que tienen  las páginas amarilleadas por los años y miles de versos escritos en una más que desgastada tinta negra.
Perdidos por las estanterías, entre títulos originales y primeras ediciones, están los escritos por mi padre. Él es catedrático de historia del arte en la universidad, pero siempre quiso ser escritor, o aventurero, o bohemio soñador sin patria ni bandera, como él mismo suele decir. Mi madre no, mi madre es más práctica. Ella es secretaria en una pequeña empresa autónoma; cuentas y papeleos, nada imaginativo. Nada especial.
Cuando se casaron, compraron esta casa y la hipoteca cortó de cuajo las alas de mi padre, pero eso nunca le impidió volar con la mente y escapar a todas partes con sus historias.
Finalmente, llegaron al acuerdo de viajar a cualquier parte solos al menos una vez al año y mi padre escribe siempre que está fuera. Tengo todos sus poemas e historias, los encuaderna para mi. Sara es más como mamá; practica, sencilla, numérica.
Ahora mismo están a mi lado mis tres libros favoritos; Poesía de Pedro Salinas, "La náusea" de Jean-Paul Sartre y "Viajes para soñar, historias para no dormir" de mi padre. Estoy aún en la biblioteca preguntándome si algún día alguien verá este pequeño cuaderno como veo yo los libros de mi padre; algo único y eterno.
Me gustaría que la persona que encuentre esto intente hacérselo llegar a más gente, que se conozca la historia de una persona normal con mala suerte. No sé si se entiende. Solo quiero que no se olvide nada de mi, ni un trocito. Quiero que algún día alguien tenga este cuaderno entre las manos y lo lea pensando más en si mismo que en mi.
Creo que estoy desvariando.

"Eres pretexto de vida."

sábado, 6 de octubre de 2012

Sábado, 6 de Octubre.


Alguien me ha despertado hoy golpeándome con unos papelajos en la cabeza. Bueno, no, alguien no. Era Laura; sonriendo como si fuera a pegarme en cualquier momento, cuando he abierto los ojos ha dejado sobre mi los papeles y ha abierto de golpe persianas y cortinas, ha puesto la música a tope y se ha sentado a los pies de mi cama sonriendo aún.

“¿Qué coño haces durmiendo? ¡Es sábado, haz algo! ¡Hagamos algo!”

La hubiera matado. Juro que la hubiera matado de no haber sido por que en ese momento me fijé en que no eran papelajos; me había estado golpeando la cabeza con una entrada para ir a ver a Marea en Ávila, el 12 de Octubre. Me he lanzado en sus brazos y me ha dicho que como pago por esto, hoy debía ir con ella al Jardín Delicias, en Madrid. También ha dicho que mis padres estaban avisados y la comida lista. Me ha dado 40 minutos para prepararme diciendo “Ponte guapa, pero que no se note mucho” y ha esperado abajo, con Sara y Rober, el novio de Sara. Hemos ido en el coche de Rober escuchando a todo volumen a Marea, Extremo y Celtas Cortos. “Rober conduce como un jodido desgraciado cuando canta”, ha dicho mi hermana y Laura y yo nos hemos reído un poco a nuestro pesar.
Una vez hemos llegado, nos hemos encontrado allí con Tom y su amigo Victor. “Victor es fotógrafo y está ayudando a Tom con el manejo de la cámara que tiene hace un mes y poco más.” Me ha susurrado Laura. Y luego ambos nos han explicado que querían modelos para fotografiar y que les ha parecido una buena idea que fuéramos nosotros. La verdad es que la sola idea de posar me da bastante vergüenza, pero Laura estaba tan animada que en seguida nos hemos puesto todos a hacer, más bien, el idiota.
El parque de las Delicias es un sitio de lo más bonito, es realmente agradable estar ahí tirados. Después de comernos unos bocatas que llevaban Laura y Sara en sus mochilas, hemos descansado un rato para después seguir callejeando por la ciudad. No se me ocurre un lugar mejor para morir que Madrid. Con su ruido, con su bullicio y su gente avanzando a trompicones. Creo que ninguna de las personas que han ido hoy conmigo puede de ver lo que yo veo en esta ciudad. Pero también creo que yo antes no lo hubiera sabido ver tampoco. Me pregunto como estará Carlos y si echará de menos Madrid, o a mi, o las dos cosas…
En fin, después de un día entero paseando me he empezado a sentir un poco cansada, estaba mareada y, aunque no he dicho nada porque sabía que todos estaban pasándolo muy bien, Tom me ha ofrecido acompañarme a casa. Finalmente he vuelto sola en el metro.
Y aquí estoy, en casa, escribiendo y acordándome de lo mucho que me gusta Madrid, de que nunca he estado en Londres y de que aún no sé nada de Carlos.
Creo que mi plan de empezar a vivir sin consecuencias se va al traste solo porque no soy capaz de no frenarme de cara a la enfermedad. Es cómo un pulso, cómo a ver quien de las dos puede más y es como si ella gritara desde dentro de mi pecho hasta mi cabeza. Pero yo ya no tengo ganas de gritar; son las 2.17 y se me ha hecho demasiado tarde.
Esto es una mierda.

“No hay un cuchillo tan desafiante como el pretérito imperfecto”.