La gente odia los lunes. Los lunes, ya ves, una cosa tan tonta como un día de la semana. Queremos siempre lo primero en todo; en moda, en cine, en tendencias, en electrónica... pero repudiamos el primer día de la semana. Hoy no he ido a clase. He pasado toda la mañana en Madrid, observando a la gente. Observando un Lunes cualquiera. Me he sentado en un banco cerca de Plaza de España y he pasado horas ahí, bolígrafo en mano y café al lado.
Ciudad, gente, pasos, prisas, gritos, metros, humo, prisas, prisas, prisas, tabaco, café, papeles, murmullos, platos, ahogo, trabajo, tacones, mochilas, mecheros, chasquidos, autobuses, taxis, coches, bicicletas, cielos azules, bufandas, pañuelos, estornudos, hojas secas, cigarrillos, móviles, música, bullicio, quejas, risas, tropiezos, resacas, ojeras, gafas, chaquetas, vaqueros, medias, botas, hombres, mujeres y niños.
La ciudad, la ciudad, la ciudad y sus prisas embotelladas de lunes de Octubre. La gente corre, la gente se grita dentro de los coches y fuera. La gente. La gente bulle en una espiral de incansables golpes de zapato sobre la acera. Derramando sus fines de semana en el asfalto y bebiendo a sorbos una poción reconstituyente a la que llaman café. Puros placebos.
Las palabras que más escucho son "Putos Lunes" en todas sus variedades. La gente está parloteando cómo loca de lo que han hecho en los tres días que no se han visto. Y yo creo que, si no lo dosifican, mañana ya no tendrán nada más que contar, ¿qué harán entonces?
Prisas, prisas, pasos, prisas. Nadie ha girado la cabeza hacia mi, porque a nadie le importa qué hace una chica de 16 años en un banco a las 9.15 de la mañana en lugar de estar en clase. Porque a nadie le importa que esté escribiendo sobre ellos, ni tampoco que por prestarles atención mi café se haya quedado frío. Y, sin embargo, aquí sigo; sentada mirándolos a todos, extraños que pasan y ríen, o lloran, o bostezan, o pasan por pasar camino de cualquier parte.
La causa final de todas esas prisas es que la ciudad se ahoga, tose y se retuerce bajo los pies de toda esta gente pero nadie lo ha notado aún. Y cuando yo me haya marchado nada habrá cambiado, salvo las horas.
Pasos, pasos, ciudad, prisas.
A las 11.30 me he ido de allí. Realmente no he estado todo el tiempo mirando, también he leido, escuchado música y dibujando (o algo parecido). Luego he ido a una tienda de golosinas en la calle Toledo a comprar grajeas de colores y finalmente he ido a la estación de tren.
Por la tarde a venido Laura a casa. Estaba muy enfadada.
"No me importa que hagas pellas, en serio, pero ¿Tanto te costaba avisar?"
Más que enfadada estaba preocupada y la entiendo. Si la situación fuera al revés, la hubiera descabezado al instante. Pero bueno, se le ha pasado un poco cuando le he enseñado las grajeas. También he pensado contarle lo del cuaderno, pero este es mi secreto para la tumba. El único hasta la fecha. Cuando se ha ido, Laura, me ha hecho prometer que mañana iría a clase. O al menos que daría señales de vida. La he obligado a comerse una grajea de tutifruti como única respuesta.
Y ahora me fumo un cigarro al ritmo de Quique Gonzalez. El chico que me enseñó a este cantante por primera vez, solía decir que era música de café y cigarrillo. Yo tengo el cigarro y las gominolas, pero no sé si para él hubiera sido suficiente.
"El poeta acaricia cicatrices con un tacto de puta de lujo."

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