viernes, 5 de octubre de 2012

Viernes, 5 de Octubre.


Los días transcurren con normalidad. El médico no deja de llamar a casa preguntando por mi salud. Supongo que ese es su trabajo y que el mío es coger el teléfono y decirle que todo está bien. No me gusta tener que dar explicaciones, nunca me ha gustado, pero ahora mucho menos. Lo veo de tal manera que no entiendo por qué teniendo tan poco tiempo, debería perderlo en repetir las mismas cosas una y otra vez.
En cuestión de días comenzaré a apagarme. Mi sistema dejará de funcionar con normalidad y todo se hará más complicado de llevar. Pero eso solo lo sabemos el médico y yo. Y solo debería importarle a uno de los dos.
Hoy he pasado toda la tarde pensando, toda la tarde dibujando, toda la tarde soñando con una yo de 22 años y escuchando a Quique Gonzalez, Jorge Drexler y Fito. Tenía en el regazo un libro de poesía y eso me ha permitido desdibujar un futuro que no voy a tener.  
Así que, me he dado cuenta de que puedo hacer lo que quiera. Es cómo si fuera invisible, como si fuera la última persona en el mundo con poder para ser. Pero este es el mayor problema del mundo; ¿Qué quiero hacer?
No quiero empezar nada solo por si a caso no lo termino, no me gusta dejar las cosas a medias. Podría buscar vuelos baratos a Londres e irme a morir allí, pero sé que una vez tuviera en mi mano el billete no sería capaz de marcharme y dejar a mi familia aquí. Pero necesito probar miles de cosas; nunca he bebido, nunca he fumado, nunca he… follado.  No he bailado nunca bajo la lluvia, ni he ido a un concierto sin mis padres. Todas esas locuras que se hacen a partir de los 17 y que yo no voy a conocer a esa edad. Esas locuras que van entre terminar una carrera y buscar un curro. Voy a perderme cada jodida experiencia de la juventud porque me estoy muriendo y no quiero morirme sin saber lo que es besarse entre sudores y espasmos de placer, sin haberme ahogado con el humo de un bong o sin haber gritado hasta no poder más en el concierto de alguno de esos grupos que tanto me llenan.
Estaba pensando esto y ha sonado el teléfono de casa. En la pantalla brillaba el número de Laura, sabía que nadie lo cogería porque es para mi, así que me he abalanzado sobre él:

Laura, voy a morir de ganas de echar un polvo y fumar un porro. Y eso si es una mala muerte.”

Una voz suave se ha reído al otro lado del auricular. Pero esa no era la de Laura, era Tom.
He notado mi cara comenzar a arder y mi estómago bullir de puros nervios. Y después, he colgado. Me he metido debajo de la manta y me he reído hasta quedar sin aire. Me reía más de mi misma que de cualquier otra cosa, pero he pedido la costumbre de preguntar quién es cuando veo el número de Laura.
Después de un rato alguien ha llamado a la puerta de casa y mi hermana ha gritado mi nombre. Y ahí estaba Tom; con su chupa de cuero estilo aviador y una sonrisa enorme. Ha venido a buscarme, para dar una vuelta, para hablar.
Le he contado mis frustraciones sentadas en un pequeño bosque que hay por detrás de mi urbanización. Ataviados con chaquetas y bufandas hemos hablado durante horas  bien resguardados del frío. Tom ha escuchado con atención todas y cada una de mis palabras y cuando me he dado cuenta ya no podía dejar de hablar, ya no podía parar de llorar.
Y él no ha dicho nada, solo ha sonreído y me ha abrazado. Tan simple como eso, tan grande como eso mismo. Y luego ha besado mi frente y ha sacado una pitillera, me ha ofrecido un cigarrillo; negro, fino y con las palabras “Black devil” escritas en una letra plateada. Después de encenderse el suyo, ha encendido el mío.

“¿La vida no son dos días? Ni te lo pienses, porque no tienes tiempo de pensar.”

Un poco crudo, pero totalmente cierto. Nos hemos fumado el piti (con sabor a chocolate, al parecer) y después me ha acompañado a casa.
Hace un rato, me he dado cuenta de que en mi mochilita hay un paquete de black devil. Cualquiera diría que era todo pensado. Cualquiera diría que es todo soñado.
Son las 00.14 y ya me he encendido tres pitis. Es el humo.

"Cualquiera diría que somos adictos al humo que sale de tus cigarrillos."

jueves, 4 de octubre de 2012

Jueves , 4 de Octubre.


Laura me ha secuestrado a la salida del instituto. Ha dicho que hoy no iba a dejar que me escapara y me ha llevado al parque. Allí estaba su hermano, montando un proyector de cine más o menos moderno y sonriendo. He preguntado qué estaba pasando y Laura solo ha dicho que hoy visitaríamos un rincón de París.
3…2…1…



Allí en el parque hemos visto una de mis películas favoritas cubiertos con mantas y rodeados por los viandantes curiosos que han decidido quedarse. Después, Tom, el hermano de Laura, me ha llevado a casa en coche. Hemos hablado sobre la película y me ha contado su viaje a París. Tom es un chico de lo más agradable. Me hubiera gustado seguir hablando con él, pero hemos llegado a mi casa y hemos tenido que despedirnos.
En fin, son las 00.05 y no puedo dormir. Creo que volveré a ver la película porque ahora que estoy sola podré emocionarme y llorar.

 Me gusta ver la cara mirar hacia atrás en la oscuridad y ver la cara de los espectadores También 
me gusta descubrir los detalles que nadie más ve
En cambio odio las viejas películas cuando el que conduce nunca mira a la carretera.”

miércoles, 3 de octubre de 2012

Miércoles, 3 de Octubre.


He perdido toda la tarde entera esperándole delante de la pantalla del ordenador, realmente me siento estúpida. Laura me ha dicho que podíamos ir a la capital a hacer fotos. La he dicho que no me encontraba bien. Eso ha estado mal, sé que ahora estará preocupada. Pero no tenía ánimos para salir de casa.
Hace casi 8 meses que conozco a Carlos, lo más típico del mundo; coincidimos en la presentación de un  libro en  una de las librerías más céntricas de Madrid. Ambos al final de la cola, comenzamos a charlar sobre el libro y en vista del lento avance de la gente, me propuso ir a tomar algo a una cafetería de unos amigos suyos no muy lejos. Normalmente no hubiera aceptado, pero me sentía tan a gusto charlando con él que no pude evitarlo.
Comenzamos a vernos muy a menudo en la capital. Íbamos a museos, cines, exposiciones, tiendas o, simplemente, paseábamos por las calles conversando de cualquier cosa. Pocas veces se conoce a alguien tan similar a uno mismo y menos una persona tan poco sociable como yo.
Ya había ido varias veces a su piso a buscarle, por mi cumpleaños me regaló la sudadera amarilla de Jake, de “Hora de aventuras” y yo le regalé una primera edición de un libro de poesía de Pablo Neruda. Me maté para encontrar ese libro.
Un mes después de todos nuestros encuentros, me acompañó a coger el tren como siempre. Recuerdo que aquel día perdí el tren de las 23.20, él se sacó un billete y se sentó conmigo en el andén, pasando su brazo por encima de mi hombro para abrigarme, era finales de marzo y hacía muchísimo frío a aquella hora. El andén estaba vacío, era uno de los últimos trenes; el de las 00.00, pero ese tren siempre se retrasaba. Tengo en mi mente todos y cada uno de los instantes que pasaron hasta que el tren llegó. Eran las 23.27 y yo no para de refunfuñar porque él había sacado un billete inecesariamente para no dejarme sola, pero por dentro estaba derretida. Él se reía de mis mohines infantiles acercándome a él y yo golpeé su brazo apoyando después mi barbilla en su hombro. De golpe dejamos re reírnos y de jugar. Carlos besó mi frente,  comenzó a acariciar mi cuello subiendo hasta la barbilla y agarrándola para girar mi cabeza hacia él. Ahí estábamos, en medio del andén, mirándonos como idiotas, sonrojados más a causa de los nervios que del frío. Se me iba a salir el corazón del pecho, lo notaba golpear con fuerza cuanto más se me acercaba. Y entonces pasó lo evidente; llegó mi puto tren. Me levanté de golpe dispuesta a subirme y tragarme el corazón que iba a saltar en cualquier momento de mi boca. Besé su mejilla y subí aceleradamente al tren.
Me apoyé en la puerta paralela a la que acababa de cruzar yo y cerré los ojos con fuerza; debía girarme y despedirme pero notaba mis mejillas al rojo vivo. La puerta acababa de cerrarse, suspiré y miré el reloj 00.05 suspiré y separé mi frente del cristal de la puerta, comenzando a abrir los ojos lentamente. Iba a girarme para buscar un asiento cuando unas manos rodearon mi cintura con fuerza y alguien se acercó a mi oído susurrando.

“No es el momento de que te deje irte, no si te llevas mi beso…”

Me giré de golpe y ahí estaba Carlos; sonriendo y con los ojos vidriosos. Rodeé su cuello con mis brazos y le besé, le besé abrazándome a él con toda la fuerza que me permitían mis nervios y mis brazos.
Aquel día lo escondí en mi casa. Pasamos toda la noche abrazados, hablando, disfrutando de besos y risas únicas. Nunca llegamos a salir realmente, pero pasamos dos meses increíbles. Si, solo dos meses.
En Mayo el 15, me dijo que había encontrado un trabajo en una empresa con sede en Londres. Debía ir allí durante un par de meses para realizar unas prácticas y después volvería para estar conmigo. El 7 de Junio, le acompañé a coger el avión. Me sentía una absoluta idiota ahí sentada, en el bus, a su lado, sin poder decir nada. Pero en fin, su contacto… Su contacto me hacía olvidarme de las pruebas que me habían hecho y de las que me iban a hacer. Su mano, acariciando suavemente la mía era una promesa; “voy a volver”. Me pasé media hora abrazada a él y cuando anunciaron su vuelo, le acompañé lo más que pude y al final me besó.
Han pasado cuatro meses y aún no sé nada de él. Hemos hablado apenas tres o cuatro veces durante el primer mes. Y hoy tampoco será el día en el que voy a recibir noticias suyas.
Quiero contarle lo que está pasando, pero no puedo quedarme aquí sentada los días que me quedan, he malgastado todo un día y ahora me siento aplastada y enferma. Realmente moribunda.
No debería decírselo a Laura, no me lo perdonaría. Pero ya tomaré decisiones mañana. Ahora son las 23.50 y solo puedo pensar en dormir.

“I left My girl back home, I don’t love her no more”.

martes, 2 de octubre de 2012

Martes, 2 de Octubre.


Las primeras hojas han empezado a caer. A mí me hace bastante gracia, es cómo si cayeran conmigo. Laura se ha enfadado cuando he usado esa comparación, está convencida de que no voy a morirme porque “los buenos siempre sobreviven”. Es una manera bastante  bonita de verlo, pero igual de poco realista que ella.
Conozco a Laura desde hace unos cuatro años, cuando entramos en el instituto. Ella se llevaba bien con todo el mundo, es muy extrovertida y tiene esa manera de sonreír que inspira confianza. Y yo… bueno, yo siempre he sido bastante tímida. Y eso, a menudo se confunde con antisocial, eso es molesto.
A las 5.00 he salido de casa pensando en esto; ¿Qué hubiera pasado si Laura no hubiera decidido acercarse a la chica morena cabizbaja de la esquina? ¿A quién iría yo ahora a buscar con dos vasos hirviendo del Starbucks y una bolsa llena de esas galletas con pepitas de chocolate que tanto nos gustan?
Recuerdo claramente sus palabras; “Jo, tía ¡qué mona y qué sola!” me hizo mucha gracia que se plantara delante de mi cómo si nada. Pero gracias a eso no he tenido necesidad de sentirme sola nunca…en fin, sensiblerías aparte.
A las 5.45 he llegado a su casa, que está a diez minutos andando del parque al que vamos siempre. Como de costumbre, me he plantado debajo de su ventana y he comenzado a gritar “¡Julieta, Julieta! ¡Deja caer tu trenza!” y ella, como siempre, se ha asomado riendo y ha preguntado “Romeo, tronco ¿qué te has fumado?”, entonces ha bajado y hemos echado a andar calle abajo.
Al llegar, después de un rato hablando, ha cogido su vaso y una galleta y ha preguntado a qué venía el lujo de comprar en el Starbucks. La verdad es que había pensado en la manera de decírselo, la manera más apropiada de decírselo. He estado un rato callada y ella me miraba, me miraba porque sabía que no había nada bueno detrás de mi silencio.
Finalmente, la he mirado y la he dicho: “Me muero, tía.”
La he explicado la verdadera razón de las pruebas de estos meses, las mentiras, las palabras del médico y mi decisión de someterme a tratamiento. Y su cara se ha descompuesto en una mueca entre confusión y ganas de gritar. Conozco bien esa cara, la he visto miles de veces en situaciones escandalosamente hipotéticas; películas mentales a veces no tan ficticias.
Nos abrazamos; mi chocolate se calló y seguíamos abrazadas; una ráfaga de viento enredó mi pelo y balanceó su trenza y seguíamos abrazadas. No sé si ella lloró, yo tuve que apretar bien los dientes para no hacerlo.
Hemos pactado no llorar, no recordar, no rememorar y no dejarnos llevar por la pena. Ella ha jurado que este mes iba a ser grande, el más grande de mi vida. Yo he sonreído y la he preguntado que habían hecho el día anterior en clase.
Mañana pienso incorporarme a las clases, a pesar de las insistencias incesantes de mis padres de dejarlo estar y a pesar de que Laura piense que es una soberana tontería. Creo que es importante saber cosas. Por supuesto que me lo tomaré con más calma, no tengo motivos para agobiarme por las notas del primer trimestre.
Después de dejar a Laura en su casa he ido a la mía y he abierto el msn, en un primer momento quería mirar el correo, pero al ver su icono me he quedado enganchada. Desde que me enteré del tiempo que me queda estoy más pendiente del ordenador. Pero nada, ni un correo, ni una señal de vida, ni si quiera una última conexión creíble. Después de dos horas he apagado el ordenador, resignada y cansada de esperas.
 He estado un rato con Sara y su chico. Ambos insisten en echar a mis padres durante un fin de semana y organizar una fiesta salvaje; mi primera borrachera y mi primer “¿Qué hice anoche?”. Insisten en que es necesario, Laura estaría de acuerdo.
Hace media hora que me he subido a mi cuarto, después de la cena hemos estado viendo una película en familia, una de mis favoritas; “V de Vendetta”. Mi madre no la soporta, pero no ha dejado de sujetar mi mano desde el principio hasta el final de la película.
Es ahora la 1.05 de la mañana. No estoy cansada, voy a volver a encender el ordenador, solo por si a caso. Mañana volveré a incorporarme a las clases, no es algo que me apetezca especialmente. Pero es mejor que estar en casa sin saber qué coño hacer con las horas que me quedan.

“Hoy sé.”

lunes, 1 de octubre de 2012

Lunes, 1 de Octubre.


Mi nombre es Marina, tengo 16 años y solo me queda un mes de vida. La verdad es que dicho así suena un poco tremendista, exagerado, muy dramático. Y a mi no me gustan los dramas.
Supongo que morirse no es algo que pueda a tomarse la ligera, pero tengo demasiadas cosas que hacer y muy poco tiempo, no creo que pueda dedicar ni un segundo a lamentarme.
Imagino que, lo suyo sería hacer una lista y enumerar todas esas cosas para no olvidarme ninguna, o esas cosas típicas que se hacen en situaciones como esta. Pero eso sería como forzarme a cumplirlas; invertir mi tiempo y mis fuerzas en realizar una por una todas las tareas, minuciosamente ordenadas por su relevancia, que haya escrito. Los deseos, los sueños por cumplir, las cosas que hacer, disculpas, palabras, abrazos y besos. Y, en 31 días no hay espacio para vivir una vida entera con todo lo que esta conlleva. Pero si para vivir y eso es lo que voy a hacer, dejarme llevar hasta encontrar el final y abrazarlo hasta… bueno, hasta la muerte.
He decidido escribir cada día una página, un recuerdo, una idea, no sé, lo que sea. Aunque se trate solo de una palabra que alguien en algún momento pueda leer y que haga de mi un bonito recuerdo. Soy terriblemente cursi cuando quiero ¿eh? y la verdad, escribir estas líneas es realmente vergonzoso. 
En fin, tampoco quiero extenderme en explicaciones sensibleras de por qué hago las cosas.
Pero hay algo que si me gustaría dejar escrito; Supongo que no puedo llegar y decir “voy a morirme” sin dejar una mínima explicación de que es lo que me pasa.
Hace medio año que comenzaron las pruebas; resonancias, escáneres, análisis de sangre… yo que sé, un montón de médicos, mirando un montón de informes y hablando en unos términos totalmente incomprensibles para mi. Mis padres decían que se trataban de migrañas, pero después de 4 meses aguantando pacientemente, comencé a cansarme de sus evasivas sobre la verdad. Les pedía explicaciones a diario, me negaba a ir al médico hasta que no me contaran qué estaba pasando. Finalmente mis padres me dijeron que los médicos habían detectado una anomalía en mi sistema circulatorio en una de las últimas revisiones. Una degeneración progresiva de este.
Decidí comenzar a ir sola a las pruebas, pero en todo este tiempo no he leído un solo informe ni resultado alguno de las pruebas. Supongo que prefería no saber que me pasa. Y así he pasado los últimos seis meses de mi vida. Y una llamada del médico rompió con la rutina, a la cual me había casi habituado. El doctor encargado de las pruebas pidió una cita urgente y ahí estábamos esta mañana, mis padres y yo sentados delante de la mesa impecablemente ordenada observando al tipo de pelo canoso que leía unos papeles con una expresión totalmente impasible.
Dejándolos sobre la mesa y tras una parrafada infumable de palabras y más palabras sobre la variedad de una enfermedad con un nombre impronunciable de la cual apenas se habían dado casos, dejó caer sobre mi cabeza las palabras;

“Lo único que sabemos con certeza es que tu cuerpo aguantará esta situación a penas durante un mes.”

Tal cual, como si hubiera dicho “En un mes la palmas”. Al menos eso fue lo que me pareció oír a mi y después de eso he desconectado. A penas oía la mitad de palabras que siguieron a esas, me llegaban solo algunos de los incansables sollozos de mi madre y tres cuartos de los gritos de mi padre. Y después, cuando volví en mi, el médico me miraba.
“…siguiendo este tratamiento podríamos alargar tu esperanza de vida, quién sabe; meses o años.”
Mi cara debía ser un auténtico cuadro, esperaban que dijera algo. No sabía el qué, pero algo esperaban.  Pero yo solo quería gritar, no sé. Que alguien entrara de golpe diciendo “¡Es una broma!” como en la tele o despertarme de golpe. Pero no; aquel hombre me estaba augurando meses o años de la misma mierda que ya había pasado. Y, a pesar de que seis meses no es mucho tiempo en una vida, yo ya estoy cansada de médicos y de movidas.
Sin saber muy bien que decir o cómo hacerlo sin que la voz me temblara, me levanté apoyándome en la mesa y tomé aliento tratando de calmarme.
Me negué en rotundo a recibir ningún tipo de tratamiento, no iban a sacarme más sangre, ni averiguar cuál era el foco del problema; no, nada, ahí se acababa las batas blancas y los pasillos grises. Si mi esperanza era de un mes me negaba a pasarlo encerrada entre médicos, aunque esto significara un posible aumento de mi vida, me quedan demasiadas cosas pendientes.
Así que nada, me levanté y salí de allí tambaleándome a causa de uno de esos fuertes mareos producto de una alteración del bombeo sanguíneo. Creo que me ahorraré los detalles de cómo llegué hasta el coche sin tropezar ni una sola vez y apoyándome en todas partes. No era capaz de mantenerme erguida y cuando mis padres llegaron yo me había quedado allí apoyada y en silencio.
Hace ya casi cuatro horas que estamos en casa. He puesto media casa patas arriba hasta encontrar una libreta decente que poder llevar conmigo. He arrancado 49 páginas de la elegida hasta quedarme con 31. Mi madre no ha dejado de llorar desde entonces y mi padre no para de llamar a Sara. Son las 10.45, en 15 minutos me llamará Laura y yo tendré que darla explicaciones de mi ausencia hoy en el instituto. No puedo decírselo por teléfono, mañana por la tarde la llevaré al parque, a ese banco en el que pasamos horas y horas hablando, la invitaré a algo del Starbucks y se lo contaré con calma. No creo que la idea le haga mucha gracia, pero creo que morirme sin avisar es de mal gusto.
Sara aún no sabe nada. Pero yo estoy muy cansada ahora como para tener que ver como se le humedecen los ojos y suelta aleatorias palabras de incredulidad. Así que bajaré a despedirme de mis padres y me acostaré.
 Mañana va a ser un día muy largo, pero, la verdad, cuanto más dure mejor…

“Aferrarse a la vida es como soñar.”