Las primeras hojas han empezado a caer. A mí me hace
bastante gracia, es cómo si cayeran conmigo. Laura se ha enfadado cuando he
usado esa comparación, está convencida de que no voy a morirme porque “los
buenos siempre sobreviven”. Es una manera bastante bonita de verlo, pero igual de poco realista
que ella.
Conozco a Laura desde hace unos cuatro años, cuando
entramos en el instituto. Ella se llevaba bien con todo el mundo, es muy
extrovertida y tiene esa manera de sonreír que inspira confianza. Y yo… bueno,
yo siempre he sido bastante tímida. Y eso, a menudo se confunde con antisocial,
eso es molesto.
A las 5.00 he salido de casa pensando en esto; ¿Qué
hubiera pasado si Laura no hubiera decidido acercarse a la chica morena
cabizbaja de la esquina? ¿A quién iría yo ahora a buscar con dos vasos hirviendo
del Starbucks y una bolsa llena de esas galletas con pepitas de chocolate que
tanto nos gustan?
Recuerdo claramente sus palabras; “Jo, tía ¡qué mona y
qué sola!” me hizo mucha gracia que se plantara delante de mi cómo si nada.
Pero gracias a eso no he tenido necesidad de sentirme sola nunca…en fin,
sensiblerías aparte.
A las 5.45 he llegado a su casa, que está a diez minutos
andando del parque al que vamos siempre. Como de costumbre, me he plantado
debajo de su ventana y he comenzado a gritar “¡Julieta, Julieta! ¡Deja caer tu
trenza!” y ella, como siempre, se ha asomado riendo y ha preguntado “Romeo,
tronco ¿qué te has fumado?”, entonces ha bajado y hemos echado a andar calle
abajo.
Al llegar, después de un rato hablando, ha cogido su vaso
y una galleta y ha preguntado a qué venía el lujo de comprar en el Starbucks.
La verdad es que había pensado en la manera de decírselo, la manera más
apropiada de decírselo. He estado un rato callada y ella me miraba, me miraba
porque sabía que no había nada bueno detrás de mi silencio.
Finalmente, la he mirado y la he dicho: “Me muero, tía.”
La he explicado la verdadera razón de las pruebas de
estos meses, las mentiras, las palabras del médico y mi decisión de someterme a
tratamiento. Y su cara se ha descompuesto en una mueca entre confusión y ganas
de gritar. Conozco bien esa cara, la he visto miles de veces en situaciones
escandalosamente hipotéticas; películas mentales a veces no tan ficticias.
Nos abrazamos; mi chocolate se calló y seguíamos
abrazadas; una ráfaga de viento enredó mi pelo y balanceó su trenza y seguíamos
abrazadas. No sé si ella lloró, yo tuve que apretar bien los dientes para no
hacerlo.
Hemos pactado no llorar, no recordar, no rememorar y no
dejarnos llevar por la pena. Ella ha jurado que este mes iba a ser grande, el
más grande de mi vida. Yo he sonreído y la he preguntado que habían hecho el
día anterior en clase.
Mañana pienso incorporarme a las clases, a pesar de las
insistencias incesantes de mis padres de dejarlo estar y a pesar de que Laura piense
que es una soberana tontería. Creo que es importante saber cosas. Por supuesto
que me lo tomaré con más calma, no tengo motivos para agobiarme por las notas
del primer trimestre.
Después de dejar a Laura en su casa he ido a la mía y he
abierto el msn, en un primer momento quería mirar el correo, pero al ver su
icono me he quedado enganchada. Desde que me enteré del tiempo que me queda
estoy más pendiente del ordenador. Pero nada, ni un correo, ni una señal de
vida, ni si quiera una última conexión creíble. Después de dos horas he apagado
el ordenador, resignada y cansada de esperas.
He estado un rato
con Sara y su chico. Ambos insisten en echar a mis padres durante un fin de
semana y organizar una fiesta salvaje; mi primera borrachera y mi primer “¿Qué
hice anoche?”. Insisten en que es necesario, Laura estaría de acuerdo.
Hace media hora que me he subido a mi cuarto, después de
la cena hemos estado viendo una película en familia, una de mis favoritas; “V
de Vendetta”. Mi madre no la soporta, pero no ha dejado de sujetar mi mano
desde el principio hasta el final de la película.
Es ahora la 1.05 de la mañana. No estoy cansada, voy a
volver a encender el ordenador, solo por si a caso. Mañana volveré a
incorporarme a las clases, no es algo que me apetezca especialmente. Pero es
mejor que estar en casa sin saber qué coño hacer con las horas que me quedan.
“Hoy sé.”
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