Mi nombre es Marina, tengo 16 años y solo me queda un mes
de vida. La verdad es que dicho así suena un poco tremendista, exagerado, muy
dramático. Y a mi no me gustan los dramas.
Supongo que morirse no es algo que pueda a tomarse la
ligera, pero tengo demasiadas cosas que hacer y muy poco tiempo, no creo que
pueda dedicar ni un segundo a lamentarme.
Imagino que, lo suyo sería hacer una lista y enumerar
todas esas cosas para no olvidarme ninguna, o esas cosas típicas que se hacen
en situaciones como esta. Pero eso sería como forzarme a cumplirlas; invertir
mi tiempo y mis fuerzas en realizar una por una todas las tareas,
minuciosamente ordenadas por su relevancia, que haya escrito. Los deseos, los
sueños por cumplir, las cosas que hacer, disculpas, palabras, abrazos y besos.
Y, en 31 días no hay espacio para vivir una vida entera con todo lo que esta
conlleva. Pero si para vivir y eso es lo que voy a hacer, dejarme llevar hasta
encontrar el final y abrazarlo hasta… bueno, hasta la muerte.
He decidido escribir cada día una página, un recuerdo,
una idea, no sé, lo que sea. Aunque se trate solo de una palabra que alguien en
algún momento pueda leer y que haga de mi un bonito recuerdo. Soy terriblemente
cursi cuando quiero ¿eh? y la verdad, escribir estas líneas es realmente
vergonzoso.
En fin, tampoco quiero extenderme en explicaciones
sensibleras de por qué hago las cosas.
Pero hay algo que si me gustaría dejar escrito; Supongo
que no puedo llegar y decir “voy a morirme” sin dejar una mínima explicación de
que es lo que me pasa.
Hace medio año que comenzaron las pruebas; resonancias,
escáneres, análisis de sangre… yo que sé, un montón de médicos, mirando un
montón de informes y hablando en unos términos totalmente incomprensibles para
mi. Mis padres decían que se trataban de migrañas, pero después de 4 meses
aguantando pacientemente, comencé a cansarme de sus evasivas sobre la verdad.
Les pedía explicaciones a diario, me negaba a ir al médico hasta que no me
contaran qué estaba pasando. Finalmente mis padres me dijeron que los médicos
habían detectado una anomalía en mi sistema circulatorio en una de las últimas
revisiones. Una degeneración progresiva de este.
Decidí comenzar a ir sola a las pruebas, pero en todo
este tiempo no he leído un solo informe ni resultado alguno de las pruebas.
Supongo que prefería no saber que me pasa. Y así he pasado los últimos seis
meses de mi vida. Y una llamada del médico rompió con la rutina, a la cual me
había casi habituado. El doctor encargado de las pruebas pidió una cita urgente
y ahí estábamos esta mañana, mis padres y yo sentados delante de la mesa
impecablemente ordenada observando al tipo de pelo canoso que leía unos papeles
con una expresión totalmente impasible.
Dejándolos sobre la mesa y tras una parrafada infumable
de palabras y más palabras sobre la variedad de una enfermedad con un nombre
impronunciable de la cual apenas se habían dado casos, dejó caer sobre mi
cabeza las palabras;
“Lo único que
sabemos con certeza es que tu cuerpo aguantará esta situación a penas durante
un mes.”
Tal cual, como si hubiera dicho “En un mes la palmas”. Al
menos eso fue lo que me pareció oír a mi y después de eso he desconectado. A
penas oía la mitad de palabras que siguieron a esas, me llegaban solo algunos
de los incansables sollozos de mi madre y tres cuartos de los gritos de mi
padre. Y después, cuando volví en mi, el médico me miraba.
“…siguiendo este tratamiento podríamos alargar tu
esperanza de vida, quién sabe; meses o años.”
Mi cara debía ser un auténtico cuadro, esperaban que
dijera algo. No sabía el qué, pero algo esperaban. Pero yo solo quería gritar, no sé. Que alguien
entrara de golpe diciendo “¡Es una broma!” como en la tele o despertarme de
golpe. Pero no; aquel hombre me estaba augurando meses o años de la misma
mierda que ya había pasado. Y, a pesar de que seis meses no es mucho tiempo en
una vida, yo ya estoy cansada de médicos y de movidas.
Sin saber muy bien que decir o cómo hacerlo sin que la
voz me temblara, me levanté apoyándome en la mesa y tomé aliento tratando de
calmarme.
Me negué en rotundo a recibir ningún tipo de tratamiento,
no iban a sacarme más sangre, ni averiguar cuál era el foco del problema; no,
nada, ahí se acababa las batas blancas y los pasillos grises. Si mi esperanza
era de un mes me negaba a pasarlo encerrada entre médicos, aunque esto
significara un posible aumento de mi vida, me quedan demasiadas cosas
pendientes.
Así que nada, me levanté y salí de allí tambaleándome a
causa de uno de esos fuertes mareos producto de una alteración del bombeo
sanguíneo. Creo que me ahorraré los detalles de cómo llegué hasta el coche sin
tropezar ni una sola vez y apoyándome en todas partes. No era capaz de
mantenerme erguida y cuando mis padres llegaron yo me había quedado allí
apoyada y en silencio.
Hace ya casi cuatro horas que estamos en casa. He puesto
media casa patas arriba hasta encontrar una libreta decente que poder llevar
conmigo. He arrancado 49 páginas de la elegida hasta quedarme con 31. Mi madre
no ha dejado de llorar desde entonces y mi padre no para de llamar a Sara. Son las
10.45, en 15 minutos me llamará Laura y yo tendré que darla explicaciones de mi
ausencia hoy en el instituto. No puedo decírselo por teléfono, mañana por la
tarde la llevaré al parque, a ese banco en el que pasamos horas y horas
hablando, la invitaré a algo del Starbucks y se lo contaré con calma. No creo
que la idea le haga mucha gracia, pero creo que morirme sin avisar es de mal
gusto.
Sara aún no sabe nada. Pero yo estoy muy cansada ahora
como para tener que ver como se le humedecen los ojos y suelta aleatorias
palabras de incredulidad. Así que bajaré a despedirme de mis padres y me
acostaré.
Mañana va a ser un
día muy largo, pero, la verdad, cuanto más dure mejor…
“Aferrarse a la vida es como soñar.”
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