lunes, 1 de octubre de 2012

Lunes, 1 de Octubre.


Mi nombre es Marina, tengo 16 años y solo me queda un mes de vida. La verdad es que dicho así suena un poco tremendista, exagerado, muy dramático. Y a mi no me gustan los dramas.
Supongo que morirse no es algo que pueda a tomarse la ligera, pero tengo demasiadas cosas que hacer y muy poco tiempo, no creo que pueda dedicar ni un segundo a lamentarme.
Imagino que, lo suyo sería hacer una lista y enumerar todas esas cosas para no olvidarme ninguna, o esas cosas típicas que se hacen en situaciones como esta. Pero eso sería como forzarme a cumplirlas; invertir mi tiempo y mis fuerzas en realizar una por una todas las tareas, minuciosamente ordenadas por su relevancia, que haya escrito. Los deseos, los sueños por cumplir, las cosas que hacer, disculpas, palabras, abrazos y besos. Y, en 31 días no hay espacio para vivir una vida entera con todo lo que esta conlleva. Pero si para vivir y eso es lo que voy a hacer, dejarme llevar hasta encontrar el final y abrazarlo hasta… bueno, hasta la muerte.
He decidido escribir cada día una página, un recuerdo, una idea, no sé, lo que sea. Aunque se trate solo de una palabra que alguien en algún momento pueda leer y que haga de mi un bonito recuerdo. Soy terriblemente cursi cuando quiero ¿eh? y la verdad, escribir estas líneas es realmente vergonzoso. 
En fin, tampoco quiero extenderme en explicaciones sensibleras de por qué hago las cosas.
Pero hay algo que si me gustaría dejar escrito; Supongo que no puedo llegar y decir “voy a morirme” sin dejar una mínima explicación de que es lo que me pasa.
Hace medio año que comenzaron las pruebas; resonancias, escáneres, análisis de sangre… yo que sé, un montón de médicos, mirando un montón de informes y hablando en unos términos totalmente incomprensibles para mi. Mis padres decían que se trataban de migrañas, pero después de 4 meses aguantando pacientemente, comencé a cansarme de sus evasivas sobre la verdad. Les pedía explicaciones a diario, me negaba a ir al médico hasta que no me contaran qué estaba pasando. Finalmente mis padres me dijeron que los médicos habían detectado una anomalía en mi sistema circulatorio en una de las últimas revisiones. Una degeneración progresiva de este.
Decidí comenzar a ir sola a las pruebas, pero en todo este tiempo no he leído un solo informe ni resultado alguno de las pruebas. Supongo que prefería no saber que me pasa. Y así he pasado los últimos seis meses de mi vida. Y una llamada del médico rompió con la rutina, a la cual me había casi habituado. El doctor encargado de las pruebas pidió una cita urgente y ahí estábamos esta mañana, mis padres y yo sentados delante de la mesa impecablemente ordenada observando al tipo de pelo canoso que leía unos papeles con una expresión totalmente impasible.
Dejándolos sobre la mesa y tras una parrafada infumable de palabras y más palabras sobre la variedad de una enfermedad con un nombre impronunciable de la cual apenas se habían dado casos, dejó caer sobre mi cabeza las palabras;

“Lo único que sabemos con certeza es que tu cuerpo aguantará esta situación a penas durante un mes.”

Tal cual, como si hubiera dicho “En un mes la palmas”. Al menos eso fue lo que me pareció oír a mi y después de eso he desconectado. A penas oía la mitad de palabras que siguieron a esas, me llegaban solo algunos de los incansables sollozos de mi madre y tres cuartos de los gritos de mi padre. Y después, cuando volví en mi, el médico me miraba.
“…siguiendo este tratamiento podríamos alargar tu esperanza de vida, quién sabe; meses o años.”
Mi cara debía ser un auténtico cuadro, esperaban que dijera algo. No sabía el qué, pero algo esperaban.  Pero yo solo quería gritar, no sé. Que alguien entrara de golpe diciendo “¡Es una broma!” como en la tele o despertarme de golpe. Pero no; aquel hombre me estaba augurando meses o años de la misma mierda que ya había pasado. Y, a pesar de que seis meses no es mucho tiempo en una vida, yo ya estoy cansada de médicos y de movidas.
Sin saber muy bien que decir o cómo hacerlo sin que la voz me temblara, me levanté apoyándome en la mesa y tomé aliento tratando de calmarme.
Me negué en rotundo a recibir ningún tipo de tratamiento, no iban a sacarme más sangre, ni averiguar cuál era el foco del problema; no, nada, ahí se acababa las batas blancas y los pasillos grises. Si mi esperanza era de un mes me negaba a pasarlo encerrada entre médicos, aunque esto significara un posible aumento de mi vida, me quedan demasiadas cosas pendientes.
Así que nada, me levanté y salí de allí tambaleándome a causa de uno de esos fuertes mareos producto de una alteración del bombeo sanguíneo. Creo que me ahorraré los detalles de cómo llegué hasta el coche sin tropezar ni una sola vez y apoyándome en todas partes. No era capaz de mantenerme erguida y cuando mis padres llegaron yo me había quedado allí apoyada y en silencio.
Hace ya casi cuatro horas que estamos en casa. He puesto media casa patas arriba hasta encontrar una libreta decente que poder llevar conmigo. He arrancado 49 páginas de la elegida hasta quedarme con 31. Mi madre no ha dejado de llorar desde entonces y mi padre no para de llamar a Sara. Son las 10.45, en 15 minutos me llamará Laura y yo tendré que darla explicaciones de mi ausencia hoy en el instituto. No puedo decírselo por teléfono, mañana por la tarde la llevaré al parque, a ese banco en el que pasamos horas y horas hablando, la invitaré a algo del Starbucks y se lo contaré con calma. No creo que la idea le haga mucha gracia, pero creo que morirme sin avisar es de mal gusto.
Sara aún no sabe nada. Pero yo estoy muy cansada ahora como para tener que ver como se le humedecen los ojos y suelta aleatorias palabras de incredulidad. Así que bajaré a despedirme de mis padres y me acostaré.
 Mañana va a ser un día muy largo, pero, la verdad, cuanto más dure mejor…

“Aferrarse a la vida es como soñar.”

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