Los días transcurren con
normalidad. El médico no deja de llamar a casa preguntando por mi salud.
Supongo que ese es su trabajo y que el mío es coger el teléfono y decirle que
todo está bien. No me gusta tener que dar explicaciones, nunca me ha gustado,
pero ahora mucho menos. Lo veo de tal manera que no entiendo por qué teniendo
tan poco tiempo, debería perderlo en repetir las mismas cosas una y otra vez.
En cuestión de días comenzaré a
apagarme. Mi sistema dejará de funcionar con normalidad y todo se hará más
complicado de llevar. Pero eso solo lo sabemos el médico y yo. Y solo debería
importarle a uno de los dos.
Hoy he pasado toda la tarde
pensando, toda la tarde dibujando, toda la tarde soñando con una yo de 22 años
y escuchando a Quique Gonzalez, Jorge Drexler y Fito. Tenía en el regazo un
libro de poesía y eso me ha permitido desdibujar un futuro que no voy a tener.
Así que, me he dado cuenta de que
puedo hacer lo que quiera. Es cómo si fuera invisible, como si fuera la última
persona en el mundo con poder para ser. Pero este es el mayor problema del
mundo; ¿Qué quiero hacer?
No quiero empezar nada solo por
si a caso no lo termino, no me gusta dejar las cosas a medias. Podría buscar
vuelos baratos a Londres e irme a morir allí, pero sé que una vez tuviera en mi
mano el billete no sería capaz de marcharme y dejar a mi familia aquí. Pero
necesito probar miles de cosas; nunca he bebido, nunca he fumado, nunca he…
follado. No he bailado nunca bajo la
lluvia, ni he ido a un concierto sin mis padres. Todas esas locuras que se
hacen a partir de los 17 y que yo no voy a conocer a esa edad. Esas locuras que
van entre terminar una carrera y buscar un curro. Voy a perderme cada jodida
experiencia de la juventud porque me estoy muriendo y no quiero morirme sin
saber lo que es besarse entre sudores y espasmos de placer, sin haberme ahogado
con el humo de un bong o sin haber gritado hasta no poder más en el concierto
de alguno de esos grupos que tanto me llenan.
Estaba pensando esto y ha sonado
el teléfono de casa. En la pantalla brillaba el número de Laura, sabía que
nadie lo cogería porque es para mi, así que me he abalanzado sobre él:
“Laura, voy a morir de ganas de echar un polvo y fumar un porro. Y eso
si es una mala muerte.”
Una voz suave se ha reído al otro
lado del auricular. Pero esa no era la de Laura, era Tom.
He notado mi cara comenzar a
arder y mi estómago bullir de puros nervios. Y después, he colgado. Me he
metido debajo de la manta y me he reído hasta quedar sin aire. Me reía más de
mi misma que de cualquier otra cosa, pero he pedido la costumbre de preguntar
quién es cuando veo el número de Laura.
Después de un rato alguien ha
llamado a la puerta de casa y mi hermana ha gritado mi nombre. Y ahí estaba
Tom; con su chupa de cuero estilo aviador y una sonrisa enorme. Ha venido a
buscarme, para dar una vuelta, para hablar.
Le he contado mis frustraciones
sentadas en un pequeño bosque que hay por detrás de mi urbanización. Ataviados
con chaquetas y bufandas hemos hablado durante horas bien resguardados del frío. Tom ha escuchado
con atención todas y cada una de mis palabras y cuando me he dado cuenta ya no
podía dejar de hablar, ya no podía parar de llorar.
Y él no ha dicho nada, solo ha
sonreído y me ha abrazado. Tan simple como eso, tan grande como eso mismo. Y
luego ha besado mi frente y ha sacado una pitillera, me ha ofrecido un
cigarrillo; negro, fino y con las palabras “Black devil” escritas en una letra
plateada. Después de encenderse el suyo, ha encendido el mío.
“¿La vida no son dos días? Ni te lo pienses, porque
no tienes tiempo de pensar.”
Un poco crudo, pero totalmente
cierto. Nos hemos fumado el piti (con sabor a chocolate, al parecer) y después
me ha acompañado a casa.
Hace un rato, me he dado cuenta
de que en mi mochilita hay un paquete de black devil. Cualquiera diría que era
todo pensado. Cualquiera diría que es todo soñado.
Son las 00.14 y ya me he encendido tres pitis. Es el humo.
"Cualquiera diría que somos adictos al humo que sale de tus cigarrillos."
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