He perdido toda la tarde entera esperándole delante de la
pantalla del ordenador, realmente me siento estúpida. Laura me ha dicho que
podíamos ir a la capital a hacer fotos. La he dicho que no me encontraba bien.
Eso ha estado mal, sé que ahora estará preocupada. Pero no tenía ánimos para
salir de casa.
Hace casi 8 meses que conozco a Carlos, lo más típico del
mundo; coincidimos en la presentación de un
libro en una de las librerías más
céntricas de Madrid. Ambos al final de la cola, comenzamos a charlar sobre el
libro y en vista del lento avance de la gente, me propuso ir a tomar algo a una
cafetería de unos amigos suyos no muy lejos. Normalmente no hubiera aceptado,
pero me sentía tan a gusto charlando con él que no pude evitarlo.
Comenzamos a vernos muy a menudo en la capital. Íbamos a
museos, cines, exposiciones, tiendas o, simplemente, paseábamos por las calles
conversando de cualquier cosa. Pocas veces se conoce a alguien tan similar a
uno mismo y menos una persona tan poco sociable como yo.
Ya había ido varias veces a su piso a buscarle, por mi
cumpleaños me regaló la sudadera amarilla de Jake, de “Hora de aventuras” y yo
le regalé una primera edición de un libro de poesía de Pablo Neruda. Me maté
para encontrar ese libro.
Un mes después de todos nuestros encuentros, me acompañó
a coger el tren como siempre. Recuerdo que aquel día perdí el tren de las 23.20,
él se sacó un billete y se sentó conmigo en el andén, pasando su brazo por
encima de mi hombro para abrigarme, era finales de marzo y hacía muchísimo frío
a aquella hora. El andén estaba vacío, era uno de los últimos trenes; el de las
00.00, pero ese tren siempre se retrasaba. Tengo en mi mente todos y cada uno
de los instantes que pasaron hasta que el tren llegó. Eran las 23.27 y yo no
para de refunfuñar porque él había sacado un billete inecesariamente para no
dejarme sola, pero por dentro estaba derretida. Él se reía de mis mohines
infantiles acercándome a él y yo golpeé su brazo apoyando después mi barbilla
en su hombro. De golpe dejamos re reírnos y de jugar. Carlos besó mi
frente, comenzó a acariciar mi cuello
subiendo hasta la barbilla y agarrándola para girar mi cabeza hacia él. Ahí
estábamos, en medio del andén, mirándonos como idiotas, sonrojados más a causa
de los nervios que del frío. Se me iba a salir el corazón del pecho, lo notaba
golpear con fuerza cuanto más se me acercaba. Y entonces pasó lo evidente;
llegó mi puto tren. Me levanté de golpe dispuesta a subirme y tragarme el
corazón que iba a saltar en cualquier momento de mi boca. Besé su mejilla y
subí aceleradamente al tren.
Me apoyé en la puerta paralela a la que acababa de cruzar
yo y cerré los ojos con fuerza; debía girarme y despedirme pero notaba mis
mejillas al rojo vivo. La puerta acababa de cerrarse, suspiré y miré el reloj
00.05 suspiré y separé mi frente del cristal de la puerta, comenzando a abrir
los ojos lentamente. Iba a girarme para buscar un asiento cuando unas manos
rodearon mi cintura con fuerza y alguien se acercó a mi oído susurrando.
“No es el momento
de que te deje irte, no si te llevas mi beso…”
Me giré de golpe y ahí estaba Carlos; sonriendo y con los
ojos vidriosos. Rodeé su cuello con mis brazos y le besé, le besé abrazándome a
él con toda la fuerza que me permitían mis nervios y mis brazos.
Aquel día lo escondí en mi casa. Pasamos toda la noche
abrazados, hablando, disfrutando de besos y risas únicas. Nunca llegamos a
salir realmente, pero pasamos dos meses increíbles. Si, solo dos meses.
En Mayo el 15, me dijo que había encontrado un trabajo en
una empresa con sede en Londres. Debía ir allí durante un par de meses para
realizar unas prácticas y después volvería para estar conmigo. El 7 de Junio,
le acompañé a coger el avión. Me sentía una absoluta idiota ahí sentada, en el
bus, a su lado, sin poder decir nada. Pero en fin, su contacto… Su contacto me
hacía olvidarme de las pruebas que me habían hecho y de las que me iban a
hacer. Su mano, acariciando suavemente la mía era una promesa; “voy a volver”.
Me pasé media hora abrazada a él y cuando anunciaron su vuelo, le acompañé lo
más que pude y al final me besó.
Han pasado cuatro meses y aún no sé nada de él. Hemos
hablado apenas tres o cuatro veces durante el primer mes. Y hoy tampoco será el
día en el que voy a recibir noticias suyas.
Quiero contarle lo que está pasando, pero no puedo
quedarme aquí sentada los días que me quedan, he malgastado todo un día y ahora
me siento aplastada y enferma. Realmente moribunda.
No debería decírselo a Laura, no me lo perdonaría. Pero
ya tomaré decisiones mañana. Ahora son las 23.50 y solo puedo pensar en dormir.
“I left
My girl back home, I don’t love her no more”.
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