viernes, 19 de octubre de 2012

Jueves, 18 de Octubre.

Se me ha olvidado que existía el mundo. Se me ha olvidado hasta que existía este cuaderno, pero es que estos dos días han sido una espiral caótica de sensaciones en muy poco tiempo.
¿Por dónde empezar? Quiero contarlo todo y no comerme ningún detalle.
Ayer fui con Laura, Tom y Victor a la manifestación. La Gran Vía estaba desbordada de gente, gente gritando y luchando por una idea, defendiendo sus derechos y protestando por todos y cada uno de los abusos sufridos por parte de un gobierno completamente errado en sus actos. Miraras a donde miraras solo se veían cabezas y más cabezas, solo se oían alaridos furiosos, consignas cargadas de verdades y sufrimientos. El pueblo está harto de que les tomen el pelo, se ha despertado tarde, pero no importa. Se ha despertado. Y ahora solamente se está desperezando, se estira y bosteza. Pero pronto despertará y será imparable. Ni si quiera la policía podrá hacer nada contra esto. Ojalá no tarden demasiado en despertar del todo y ojalá estallen como un alarido que reviva a los muertos. De esa manera hasta yo podría verlo.
La manifestación terminó tarde, muy tarde. Tom y yo habíamos perdido de vista a Laura y Victor. Él estaba muy preocupado, no paraba de mirar a todas partes.

"Lo más seguro es que hayan ido a la cabeza..."

Agarré su mano y tiré de él pasando a trompicones entre la gente. Le arrastré conmigo hasta llegar a la cabeza. Y ahí, en frente de aquellos cascos que reflectaban nuestra propia imagen, supe que Tom ya no estaba tan pendiente de Laura como antes. Apretaba mi mano con la vista fija en el casco del policía, que a mi me recordaba a un robot, tragaba saliva y respiraba lo justo y necesario. No era miedo lo que me parecía ver, era más bien una actitud desafiante. Sus ojos debían quedar más o menos a la altura de el policía, pero yo le veía enorme, brillante y lleno de una fuerza indómita. Sabía que en su cabeza el griterío de la gente se había acabado, pero no sabía en que estaba pensando.
Yo seguí ahí, de su mano, gritando como todo el mundo, pero a su lado. El tiempo pasaba y la manifestación parecía disolverse. Madres, hijos y abuelos comenzaban a marcharse, aplaudiendo y solo los más jóvenes se quedaban ahí, en la primera línea, esperando. Eran al rededor de las 21.30 y mi móvil vibraba en el bolsillo de la chupa. Era Laura, un mensaje;

"No sé dónde estáis, pero os esperamos en Moncloa. L"

Se lo enseñé a Tom y tiró de mi por entre la multitud hasta quedar en una calleja apartada. La manifestación había acabado. Pero él no quería volver a casa.

"Voy a llamar a Laura y voy a decirla que se vaya a casa, que Victor la acompañe. Pero, por favor, quédate conmigo esta noche."

De no haber sabido con quién estaba y en que contexto me estaba hablando, me hubiera acojonado y hubiera salido de allí corriendo. Pero asentí, sin pedir permiso ni tan si quiera plantearme si estaba bien o no pasar la noche por Madrid con el frío que hace ya. Asentí y sonreí.
Tom llamó a Laura y la explicó que nosotros estábamos bien, que iríamos en el búho. Después de colgar me abrazó y se quedó así al menos cinco minutos. Yo no entendía nada; no entendía por qué me apretaba con tanta fuerza ni por qué parecía tener miedo de soltarme. Pero ahí estaba, rodeándole con los brazos y susurrándole que todo estaba bien. Cuando se separó de mi tenía los ojos vidriosos y una sonrisa de medio lado mal dibujada. Me dio la mano y comenzó a hablar. Estaba temblando.

"¿No tienes la sensación de que acaba de ocurrir algo enorme y hemos sido testigos silenciosos de ello? La gente ha tomado las riendas de sus situaciones y ha elegido pelear por su pan. Marina, la gente es como tú. Han afrontado el problema y son valientes, no tienen miedo."

Hablaba atropellado, acelerado, cómo si no hubiera manera humana de frenar sus palabras. Estaba muy nervioso y aún no entiendo por qué. A eso de la 1.00 pasa el búho, el primer autobus del servicio nocturno. Hemos cogido ese y Tom parecía más calmado, de hecho se ha durmió apoyado en mi hombro.

"Revolution"

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