Si hubiera bosque, habríamos jugado al escondite.
Si hubiéramos pasado el día en la capital, hubiéramos paseado entre edificios mostrando un valiente y enorme sonrisa de satisfacción.
Pero ese no era el plan de hoy; nada de fotos, nada de cine, nada de adolescencia de anuncio de zapatillas; Tom, Victor y Rober, nos han llevado a Laura y a mi a un descampado lleno de viejos trastos inservibles; neveras viejas, televisores rotos, lavadoras, armarios, espejos, tocadores, mesas, sillas, ordenadores...
Según nos ha contado Victor, han pasado toda la mañana y buena parte de la tarde recogiendo esos objetos. Laura y yo nos hemos mirado con un encogimiento de hombros y los chicos se han reído de nuestro gesto.
"¿Nunca habéis destruido por el placer de destruir?"
Victor reía y nos observaba sosteniendo un piti en la comisura de los labios. Tom sujetaba una barra de hierro al hombro y usaba otras dos de bastón. Rober, con las manos en los bolsillos, nos observaba alternativamente a todos. Y entonces han empezado con la nevera; los chicos han empezado a golpearla con toda la rabia que les permitian sus brazos; con gritos, con jadeos, con embestidas y patadas cargadas de tensión y malas artes. Cuando ya no podían más, se sentaron en los bloques de hormigón que tenían a modo de bancos y sacaron unas litronas. Tom me ofreció su palanca y luego fue a sentarse con los otros. Y esta ha sido mi experiencia:
Había una televisión antigua de esas con cristales enormes, abombados y negros. En la tele, se veía mi reflejo; una chica paliducha de pelo negro y labios rojos, con una chupa de cuero desgastada y una barra de hierro en la mano y con un gesto de terror en la cara. "Me tengo miedo. Me está ganando la parte más débil de mi, he elegido vivir y estoy más muerta ahora de lo que lo estaré en unos días..."
Con un grito, he golpeado la pantalla una vez dejando enganchada la barra. Y luego una vez y otra vez, contra la pantalla y contra la chapa, los cristales saltaban a mi alrededor, los otros me coreaban, pero yo ya no escuchaba nada.
Jadeante y al borde del agotamiento, he dado los últimos golpes. Tom se ha acercado y me ha abrazado con mucha fuerza, como si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza, como si sintiera que en cualquier momento podía desvanecerme y caer. Solté la barra de golpe, mis manos estaban amoratadas y llenas de arañazos. Rober me acercó una litrona guiñándome un ojos y pidiéndome que no le contara nada a Sara o le dejaría sin pelotas.
Lo que ha seguido a eso han sido risas, pitis y litronas y más litronas. Son las 2.20 de la mañana y no he podido escribir hasta ahora, el papel se me movía y la mano se me deslizaba.
Me duelen las manos que están amoratadas e hinchadas, las noto palpitar y cada segundo con el bolígrafo en la mano es una puta tortura.
La boca me sabe a colillas y la habitación aún parece querer dar más vueltas a mi alrededor. No sé muy bien en qué estado he llegado a casa, solo sé que Sara me ha cubierto y que hasta hace unos minutos yo estaba durmiendo.
Mañana es el concierto de Marea. Mañana toca el grito.
"I was so broken. I was feeling like one of your promises."

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