jueves, 11 de octubre de 2012

Jueves, 11 de Octubre.

Si hubiera playa, habríamos hecho una hoguera.
Si hubiera bosque, habríamos jugado al escondite.
Si hubiéramos pasado el día en la capital, hubiéramos paseado entre edificios mostrando un valiente y enorme sonrisa de satisfacción.
Pero ese no era el plan de hoy; nada de fotos, nada de cine, nada de adolescencia de anuncio de zapatillas; Tom, Victor y Rober, nos han llevado a Laura y a mi a un descampado lleno de viejos trastos inservibles; neveras viejas, televisores rotos, lavadoras, armarios, espejos, tocadores, mesas, sillas, ordenadores...
Según nos ha contado Victor, han pasado toda la mañana y buena parte de la tarde recogiendo esos objetos. Laura y yo nos hemos mirado con un encogimiento de hombros y los chicos se han reído de nuestro gesto.

"¿Nunca habéis destruido por el placer de destruir?"

Victor reía y nos observaba sosteniendo un piti en la comisura de los labios. Tom sujetaba una barra de hierro al hombro y usaba otras dos de bastón. Rober, con las manos en los bolsillos, nos observaba alternativamente a todos. Y entonces han empezado con la nevera; los chicos han empezado a golpearla con toda la rabia que les permitian sus brazos; con gritos, con jadeos, con embestidas y patadas cargadas de tensión y malas artes. Cuando ya no podían más, se sentaron en los bloques de hormigón que tenían a modo de bancos y sacaron unas litronas. Tom me ofreció su palanca y luego fue a sentarse con los otros. Y esta ha sido mi experiencia:
Había una televisión antigua de esas con cristales enormes, abombados y negros. En la tele, se veía mi reflejo; una chica paliducha de pelo negro y labios rojos, con una chupa de cuero desgastada y una barra de hierro en la mano y con un gesto de terror en la cara. "Me tengo miedo. Me está ganando la parte más débil de mi, he elegido vivir y estoy más muerta ahora de lo que lo estaré en unos días..."
Con un grito, he golpeado la pantalla una vez dejando enganchada la barra. Y luego una vez y otra vez, contra la pantalla y contra la chapa, los cristales saltaban a mi alrededor, los otros me coreaban, pero yo ya no escuchaba nada.
Jadeante y al borde del agotamiento, he dado los últimos golpes. Tom se ha acercado y me ha abrazado con mucha fuerza, como si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza, como si sintiera que en cualquier momento podía desvanecerme y caer. Solté la barra de golpe, mis manos estaban amoratadas y llenas de arañazos. Rober me acercó una litrona guiñándome un ojos y pidiéndome que no le contara nada a Sara o le dejaría sin pelotas. 
Lo que ha seguido a eso han sido risas, pitis y litronas y más litronas. Son las 2.20 de la mañana y no he podido escribir hasta ahora, el papel se me movía y la mano se me deslizaba.
Me duelen las manos que están amoratadas e hinchadas, las noto palpitar y cada segundo con el bolígrafo en la mano es una puta tortura.
La boca me sabe a colillas y la habitación aún parece querer dar más vueltas a mi alrededor. No sé muy bien en qué estado he llegado a casa, solo sé que Sara me ha cubierto y que hasta hace unos minutos yo estaba durmiendo.
Mañana es el concierto de Marea. Mañana toca el grito.

"I was so broken. I was feeling like one of your promises."

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