viernes, 19 de octubre de 2012

Viernes, 19 de Octubre.

Bueno, eso pasó el jueves. Llegué a casa tardísimo y mi madre estaba esperándome en el sofá, llorando. Se organizó ella sola un exageradísimo melodrama en cuestión de minutos. Pero tenía razón, estoy haciendo lo que me da la gana sin contar con nadie.
Se lo compensaré.
Pero hoy tampoco he aparecido a penas por casa. Hoy por la mañana tenía una cita con el "destino".
A eso de las 11.45 he cogido el autobús que me dejaba, más o menos, cerca del hospital.
El hospital. Ese edificio gris por fuera y gris por dentro; un horrible mastodonte de hormigón que se confunde con el cielo de los días lluviosos como hoy. Era como si me mirara, como si me echara la culpa por no querer someterme al tratamiento. Me estaba juzgando con su gris y una náusea a recorrido todo mi cuerpo y solo podía pensar en salir corriendo. Pero algo me ha empujado hacia dentro, una fuerza extraña. No importa el nombre que le ponga, lo único que importa es que ahí estaba.
Una vez dentro, me han pedido que pasara a una especie de despacho y ahí había tres personas; Una mujer, alta delgada y sonriente, de unos 37 años. Un niño pequeño, como mucho tendría 10 años, abrazaba a su oso y me miraba como si no entendiera el por qué de que estuviéramos ambos en la misma sala y por último un señor mayor, que evitaba mirarme a la cara y se apoyaba en su bastón con la vista perdida. Estaba muy asustada y no sabía que decir. Es algo que ha debido de ser evidente, la mujer se ha acercado a mi y ha tomado mi mano sin dejar de sonreír.

"Tú debes de ser Marina, ¿verdad? Mi nombre es Marta, él se llama Pablo y este es Joaquín. Nosotros dos padecemos unas variaciones poco comunes del cáncer. De pulmón, de páncreas y él tiene un tumor inestirpable en el cerebro."

Se me ha helado la sangre. Ha dejado de circular, lo sé. Pablo era el niño pequeño y le correspondía el cáncer de páncreas. Marta el de pulmón y Joaquín, el anciano, el tumor. La mujer me ha invitado a tomar asiento y me ha ofrecido un vaso de agua. Después ha comenzado a hablar, casi en susurros y me ha contado su historia; Marta tiene 40 años y lleva dos años sometiéndose a la quimioterapia. Cuándo detectaron el cáncer se quedó sola, su marido no pudo soportar tanta presión  la dejó en la estacada, sin ningún tipo de apoyo moral. Así fue como conoció a Joaquín y a la casa que su mujer regenta, un chalet espacioso en el que acogen a gente con enfermedades similares a las de su marido. Gente que no tiene con quién estar, que busca una "familia" que le de cobijo y puda decir sin miedo que si, que los entenden y aceptan

"Joaquín a penas puede hablar. Pero sé que está muy orgulloso de su mujer y de todos nosotros.
Marina, no somos leprosos. Somos enfermos por mala vida o por mala suerte. Pero la gente eso no termina de entenderlo, no entienden que es muy duro sobrellevar este tipo de situaciones y más si estás solo.
Pablo es huérfano de madre, su padre se pasa el día trabajando y lo deja con nosotros. A penas tienen recursos, pero se tienen. Deberías ver cómo sonríen cuando se encuentran."

No podía creer ni una sola de las palabras que estaba oyendo. Marta ha dicho que comprendía que no hubiera querido someterme al tratamiento, que es un infierno personal las constantes pruebas y visitas al médico. Ha dicho que soy muy valiente, pero yo no me he sentido así.
Esta gente está muchísimo más jodida que yo y se aferran a la vida con cada suspiro. No les importa nada pasarse horas y horas en el mastodonte de hormigón para luego llegar a casa agotados. Prefieren eso a rendirse. Soy una cobarde.
Pablo se me ha acercado y me ha agarrado del brazo, mirándome con los ojos muy abiertos. Me ha preguntado por lo que me pasa.

"Me estoy muriendo, ¿sabes?"
"Yo también ¿por qué tú no vienes cómo yo todos los días?"
"..."
"Algún día podrías venir y jugar conmigo un rato. Eso sería genial"

Me ha sonreído. Me ha sonreído y se me ha caído el mundo, las ideas me temblaban, se me ha acabado la vida en un segundo. Se la he regalado a él y después le he abrazado. Marta sonreía y Joaquín me miraba, tratando de explicarme en silencio que estaba contento de verme. Después de eso, Pablo me ha dicho que le iba a pedir a su padre que me dejara ir a jugar con él algún día. Yo le he sonreído y me he despedido.
Marta se ha quedado conmigo.

"Se que el doctor buscaba condicionarte con esto. Quería que te sometieras al tratamiento y esperaba que yo te convenciera de ello. Marina, llevo ya mucho tiempo en esto y te envidio. Ojalá yo pudiera aceptar mi final sin más, ojalá me dieran las fuerzas para quererme durante el tiempo que pueda. 
No tienes que hacer nada que no quieras. Nunca.
Tengas el tiempo que tengas, solo debes centrarte en ser feliz. No lo olvides."

Pablo ha llamado a Marta y ella ha vuelto a entrar a la sala después de abrazarme y besar mi mejilla. Yo me he ido de allí con paso firme, con la mente en blanco. Con fuerza solo hasta que he llegado a mi cuarto, ahí se ha desvanecido mi ser. Sonaba "People help the people" de fondo en el aleatorio de mi mp4 y a mi se me ha deshecho el mundo. He llegado a casa a las 16.12 y no he salido de ahí en todo el día. No tenía hambre, ni ganas de nada. El móvil se iluminaba indicando que me estaban hablando, que me habían llamado, que estaba preocupados por mi. Pero no estaba para nada. Me he dormido y cuando me he despertado estaba fuera de mi cuerpo. Seguía en el hospital, jugando con Pablo y acompañando a Joaquín en uno de sus paseos. Estaba allí, esperando mi turno para la revisión mensual. Era Noviembre.
Ya es tarde, estoy cansada de estar llorando, de seguir sobreviviendo. De estar sola. Mi habitación es enorme.
A lo mejor llamo a Tom.

"¿Qué harías tú si pudieras elegir? ¿Serías más feliz o tendrías más miedo?"

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