Me siento encerrada, atrapada, como en un callejón sin salida. Tengo miles de historias en mi cabeza y cuerpos sin rostro y Madrid sin vidas. Mi cuarto suena a silencio hueco y mi mente sueña con cigarros prohibidos y tragos largos de cervezas amargas.
Esta noche quiero estar sola, decido estar sola, me siento bien así y no necesito de nada.
Mi nombre es Marina, pero esta noche no importa mi historia, ni mi equilibrio; esta noche se abre mi ventana y entra el frío, la calle suena a vida a historias. A historias de Martes, casi miércoles y huele a lluvia de sábado desenfrenado.
Últimamente no tengo ganas de escribir. Me estoy haciendo mayor.
La tele suena en el salón, una voz suave y sentida cuenta una demoledora historia totalmente real. Basura televisiva. Mi madre está sentada en el sofá, no la veo pero lo sé, está sentada y cabecea con la cabeza apoyada en la mano, la manta deja al descubierto la punta de sus pies, los mismos pies que están apoyados sobre el regazo de mi padre que acaricia sus tobillos con una mano y con la otra sujeta un libro de poesía. Le gustaría poder recitarle alguna de las poesías que está leyendo, pero sabe que ella no va a escucharla. Está pendiente de los lagrimones que brotan de los ojos de una completa desconocida en la tele. No le importa, cuando los lee para si mismo piensa en ella y se siente feliz.
Al lado de mi cuarto está Sara, estudiando, repasando, hinchándose el coco con párrafos y párrafos de una asignatura que solo se siente capaz de calificar como "absurdo puto coñazo". Sé sin tener que verle la cara que sonríe porque lleva los cascos puestos y estará escuchando M-Clan. Le apetecía, lo ha dicho antes durante la cena. El flexo de mesa que tiene al lado a veces parpadea y Sara se pone nerviosa. En unos minutos lo apagará y se tirará sobre la cama dispuesta a a olvidarse de todo y a poder hablar un rato con Rober.
Mi móvil a pitado ya cinco veces, pero me apetece ignorarlo. Ese es mi capricho. Ese y la pequeña bolsita hasta arriba de maría, al lado del grinder, los papeles y los pitis. Después de escribir me pondré a liar y aún no habré mirado el móvil. Me sentaré en el alfeizar de mi ventana, me encenderé el peta y aún no habré mirado el móvil. Y una vez esté encendido y yo haya dado la primera calada, cuando el humo esté ya en mis pulmones y el vaho causado por el frío de la calle me haga perder la conciencia de mi propio humo, el móvil habrá dejado de existir en mi cabeza. Estaremos la media luna y yo, será 24 y tendré un día menos, pero no pasará nada; estaré demasiado ciega como para llorar mi pérdida. Seguramente me estaré riendo de todo tirada en la cama y me quedaré sobada con el sabor a caladas en la lengua, no me importa. Me apetece volar lejos de esta rutina. Quiero que mi madre escuche a mi padre leer y que le de muchos besos en agradecimiento y quiero que Sara vuelva a dibujar y que queme los libros y se olvide de todo. Que se venga conmigo, que se haga unos petas.
Pero yo no decido. No está en mi mano que cambien las cosas, pero si puedo analizarlas todas y grabarlas en mi retina. Me gustaría viajar esta noche.
"I leave myself inside the smoke."
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