Esta mañana, a las 7.30 mi padre ha comenzado a sacudir mi hombro; primero despacito, luego con más ahínco y ha acabado zarandeándome hasta hacerme despertar. Con una sonrisa de oreja a oreja me ha dicho;
"Dúchate, vístete y baja. Hoy vas a conocer uno de los lugares más mágico que puedas imaginar."
Urueña. Con la mirada atenta a la carretera y casi después de diez minutos en silencio, eso es lo que mi padre ha dicho.
"Urueña es un pequeño pueblo de Valladolid, supongo que eso no te dice nada ¿verdad? Pues debería.
Urueña es la villa del libro."
El pueblo en cuestión está a dos horas y media de aquí, mi padre ha decidido hacer un viaje express conmigo y saltarse por completo el trabajo. Mi padre no suele hacer ese tipo de cosas, así que he supuesto que era algo importante para él. Hemos desayunado en un bar de carretera al que dice que iba siempre cuando viajaba más de esa manera. También hemos decidido apagar los móviles; queríamos estar totalmente incomunicados del mundo. Papá ha dicho que ese día era solo para él y para mi y que nadie (ni mamá, ni Sara, ni Tom, ni Laura, ni sus jefes, ni nadie) debía interrumpirnos.
Cuando hemos llegado eran las 10.53, hacía bastante frío, pero el pálido sol que se colaba entre las espesas nubes acariciaba los huesos y te obligaba a sentirte mejor. Una vez hemos bajado del coche, mi padre ha pasado su brazo por encima de mi hombro y me ha apretado contra él sonriendo y dándome unos segundos para admirar la especie de fortaleza medieval que se abría ente nosotros. Al parecer en aquel lugar la mayor parte de los establecimientos se dedican a la venta de libros, es un reclamo turístico para un público muy específico.
"Aquí es donde me trajo tu abuelo cuando yo tenía tú edad.
Hicimos este viaje en su viejo coche, yo estaba mareadísimo y él no paraba de sonreir. Cuando llegamos, se sacó del enorme bolsillo de su abrigo un cuadernito que debió encontrar en mi cuarto.
Era una cuadernito pequeño en el cual yo solía escribir historias y hacer algunos garabatos, mi padre decía que yo era muy bueno, que tenía espíritu de papel. Así que me trajo aquí y ahora yo quiero que tú conozcas este lugar."
Durante un instante, mi corazón se ha parado. Pensaba que iba a sacar esta libreta y que iba a echarme en cara algunas de las cosas aquí escritas. Pero se me ha pasado todo al ver el entusiasmo dibujado en su cara. Este viaje es la "despedida" de mi padre, lo sé, pero lo sé ahora. En ese momento ninguno de los dos lo ha pensado; hemos recorrido una a una cada calle y cada tienda, el museo, la muralla.
Las calles de Urueña huelen a libro y a todo lo que este olor implica. Los libros huelen a historia, a pasado y a cenizas. Huelen al pelo de Sofía, la mujer que Charles encontró en el anden dentro de aquel libro. Huelen a tapas de cuero, a tinta fresca. Urueña huele a vida escrita, a sueños. Es un lugar apacible, de cuento de hadas. Merece la pena ir y estar allí.
A eso de las 4.30, después de comer y pasear otro tanto, ha comenzado a llover y mi padre y yo nos hemos refugiado en una librería un poco más apartada del resto. Era un sitio pequeño, los libros estaban descolocados por todas partes. Había libros en las estanterías, apilados en una mesa, en sillas, y también en los peldaños de una escalera de caracol que daba al segundo piso. Sonaba la voz rasgada y seductora voz de Edith Piaf en un viejo vinilo que se quebraba en algunas partes de la canción. Olía a tabaco de pipa y a café. La tenue luz que entraba por las ventanas se filtraba a través de unos paneles de colores que teñían la sala con rojos, morados, azules y verdes que le daban al suelo y a las paredes unos matices brillantes y fantasiosos. En los pocos espacios de las paredes que quedaban libres, podían verse formas pintadas; árboles, siluetas, lluvia... y al fondo de la sala, entre libros, había un anciano canoso, con una larga barba y unas gafas de media luna. En su mano izquierda sujetaba una pipa y en la derecha un pequeño libro de tapas verdes. El humo que dejaba salir por la boca hacía pequeñas volutas al rededor de su barba, hundiéndose en ella. Ahora no leía, nos miraba por encima de los cristales de las gafas y sonreía dejando ver unos dientes pequeños, descolocados y amarillentos. Su nombre es Lucio.
Lucio ha dedicado casi dos horas a explicarnos cuándo y por qué abrió aquella librería, una auténtica historia adornada por un fuerte acento francés.
"La abrí en 1967 con 30 años. Había pasado toda mi vida viajando por el mundo, estudiando literatura, conociendo escritores, recolectando libros. Yo siempre he sido muy bohemio..."
Cuando Lucio abrió la librería buscaba huir de su pasado; Maddelaine. Una joven forzada a casarse con un importante empresario de la época. Lucio salió de París y comenzó a beber en todos los bares de los distintos pueblos de Francia. Lucio tiene miles de historias que contar.
"Algunas están ya escritas, aquí, entre los miles de libros. Algunos de ellos están escritos por mi, firmados con otros nombre, pero totalmente verídicos.
Siempre observo a la gente que entra y espero a que alguien elija uno y decida llevárselo. Nada me hace más feliz que ver una de mis miles de historias saliendo de aquí y largándose a conocer mundo."
Mi padre y yo nos hemos llevado tres libros. Los tres, al parecer, están escritos por él. Uno de ellos cuenta la historia completa de su romance con Maddelaine, otro narra la historia de un ciego que quería pintar un cielo que no conocía y el último es un diario chiquitito de por qué la tienda es como es. Ese último está ahora apoyado en mi pierna. Hoy no estoy especialmente cansada y he decidido que voy a leerlo entero esta noche.
Hemos decido volver a eso de las 5.40, durante el viaje mi padre y yo íbamos cantando a Fito, a Drexler, a Pedro Guerra, a Sabina y todos esos cantautores que emocionan al llorica de mi padre y que a mi me dan una bonita sensación de calidez. Es un viaje largo, lo hemos hecho de golpe y al volver mi madre nos ha acribillado con su histerismo y sus preguntas. Yo solamente he besado su mejilla y me he subido directamente aquí, a escribir y a leer.
Además, he tomado una decisión; El día que esto se encuentre, por favor, seas quien seas. Busca a Lucio y dale este libro, o una copia, algo. Pero haz que llegue a él, quiero que sea suyo.
"Maddie, Maddie... tengo tu sonrisa grabada en mi boca y ya no sé qué hacer. No sé que beber que no sean tus labios."
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