A las 8.15 ha venido Laura a buscarme a casa. Había salido tan temprano de casa porque sus padres no sabían que hoy no iba a ir al instituto y hacía demasiado frío como para quedarse rondando por la calle hasta una hora normal. Pero yo estaba muy cansada (Tom había pasado una buena parte de la noche conmigo y a mi no me había dado tiempo a descansar) así que la he hecho un huequecito en la cama y nos hemos quedado dormidas escuchando la lluvia repiquetear contra los cristales de mi ventana, con Dustin O'halloran de fondo. Podríamos haber sacado la cama que hay debajo de la mía, Laura hubiera dormido ahí y yo hubiera seguido tranquilamente en mi cama. Pero no ha sido dormir por dormir, no ha sido echarse un rato para luego hacer cosas, ni remolonear, no. No estábamos durmiendo, estábamos abrazadas y recordábamos con los ojos cerrados, abrazadas y abrigadas por mi edredón. Si no fuera porque no vendría a cuento, creo que podría decir que Laura estaba llorando, abrazada a mi y dormida. Pero llorando. Y en serio que me encantaría poder saber qué estaba soñando. Pero ese es un secreto que solo saben mi edredón, la camiseta de mi pijama y Laura.
A las 10.15 ha sonado mi alarma y he empezado a darle tobas en la frente a Laura que parecía no querer despertarse.
"¡Vamos, coño, no me seas vaga, en cima que te he librado de ir a clase!"
"Más te vale tener algo contundente para desayunar, si no no entiendo por qué tienes que despertarme así."
Antes de haber acabado la frase, Laura ya se había abalanzado sobre mi con una almohada y me golpeaba fingiendo un enfado categórico. Bueno, o no tan fingido, que los despertares de Laura no son precisamente suaves. Pero en fin, entre risas la he dicho que eligiera la música en lo que yo subía el desayuno. Definitivamente he compensado el haberla despertado; Un colacao y un brownie casero que papá había preparado la tarde anterior. No tiene queja. No puede atreverse a quejarse, porque si lo hubiera hecho la hubiera tirado el colacao encima y si, lo hubiera hecho. Hemos desayunado en el banco-cómoda que hay debajo de mi ventana con Owl City de fondo y la lluvia como adorno. Esas eran las últimas horas que Laura y yo íbamos a pasar solas, las dos lo sabíamos así que después de desayunar había llegado el momento de no dejarse nada por decir.
"Tronca, aún no me lo creo, en serio. ¿Qué voy a hacer yo ahora por las tardes? ¿A quién le gorroneo la casa? Y a las 11 de la noche, ¿a quién llamo yo para decirle cualquier cosa sin haberla visto a penas unas horas? No, en serio ¿qué hago yo ahora?
Marina, son casi cuatro años juntas. Cuatro años de saltar en los charcos, de ir por el mundo como si no hubiera final, como si no hubiera mañana, como si esto fuera a ser eterno. Nos hemos puesto de acuerdo en miles de movidas y en miles de situaciones que, quizás, si no hubiéramos estado juntas, no hubieran salido bien. Dios mío, ¿creías que tú estabas sola el día que empecé a hablar contigo? No sabes como estaba yo y no sabes la suerte que tienes de que no seas tú la que tiene que quedarse sola ahora. No quiero que desaparezcas como si nada y que te conviertas en un recuerdo, Marina. No quiero que te vayas y me dejes aquí sola."
¿Qué puedes responderle a la única persona que ha estado 24 h, 365 días durante cuatro años para ti? Esta chica, mi mejor amiga, ha aguantado mis bajones y mis malos humores y mis subidones de adrenalina. Laura ha conseguido sacarme de casa durante este mes con la palabra exacta. Y ahora la tenía en frente de mi, llorando a moco tendido como en la vida la había visto llorar, nunca. La he abrazado y la he dicho que estaba muy fea, que no llorara. Al final, no sé cómo, hemos acabado dando saltos en la cama y bailando al ritmo de canciones como "Chica yeyé". Totalmente ilógico. Cuando Laura se ha ido eran ya las 14.30 (hora a la que salimos del instituto). La he dicho que no se olvidara de venir esta tarde al quiosco de los músicos que hay en el parque. La idea original era ir al descampado en el que solemos quedar, pero la lluvia me ha hecho trazar un plan B.
Yo he llegado allí media hora tarde, eran las 17.30 y estaban todos esperándome. Laura, Sara, Victor, Rober y Tom. Después de un par de bromas relacionadas con el frío, la espera y mi retraso (en ambos sentidos de la palabra) ha llegado el momento. Ese momento tan jodido, el peor de toda mi vida.
"Bueno, si consigo que entendáis lo que quiero deciros, la espera habrá merecido la pena.
Chicos, se acabó y lo sé, lo noto. Me gustaría deciros que me siento bien y que no creo que mañana las luces vayan a apagarse en mi vida. Pero no puedo, no tengo fuerzas, quiero ser sincera y sinceramente os digo que esto es lo más jodido que he tenido que hacer nunca.
Quiero daros las gracias por este mes, mi último mes. Mi Octubre, nuestro Octubre. Pero también quiero agradeceros todo lo que ha habido antes porque no me ha hecho estar moribunda para que estuvierais ahí, conmigo para todo lo que he pasado antes. Ojalá pudiera estar cuando me necesitéis, sea para lo que sea. Querría saber qué cosas van a pasaros y si vais a estar bien, cerciorarme de que no va a haber nada que frene vuestros pasos o apague vuestras luces. No sé. En serio que me gustaría poder decir todo lo que he pensado y sentido este mes. Pero no caben las palabras.
Sé que seguiréis adelante, siempre, con la cabeza bien alta y que la vida os dará las vivencias suficientes como para no tener que pensar en mi ni un solo segundo del camino, recordarme como un cuento que os contaron hace mucho tiempo y del que a penas os acordáis. Como un sueño, lo que mejor os sueñe.
Solo quiero que sepáis que no se me ocurre un grupo de desquiciados más locos que vosotros con los que haber podido compartir mi vida.
Os quiero."
Llovía a mares. Fuera del quiosco y dentro, pero dentro llovía peor. Llovía calor y recuerdos y miedos y no saber que de decirse. El silencio se hacía demasiado denso para mi, no quería llorar aunque sabía que ya lo estaba haciendo. Finalmente he cogido la mochila que llevaba conmigo y he empezado a sacar cosas.
En primer lugar un cuaderno, para Laura. En el sobre se había una carta en la que se explica que ese cuaderno tiene fotos, citas y experiencias nuestras. Cuatro años recogidos en unas 70 páginas de recuerdos. Después le ha tocado a Rober; a pesar de tener pintas de chungo y de ir de malo de la peli por la vida, Rober es un auténtico amante de la buena poesía, así que busqué entre mis libros los más significativos y copié las poesías que más me gustaron. Además, entre medias, he decidido meter algunas de mi padre y algunas mías. Sé que sabrá cuales son. A Victor le conozco desde hace menos tiempo, pero le he conseguido una bola de cristal con el mundo grabado dentro, porque él es un chico ambicioso con ansias de tener el mundo entre las manos. Yo siempre he llevado al cuello una medalla de plata con el símbolo budista del sonido, hoy no lo llevaba, se lo he dado a Sara. Y, para Tom, solo palabras; un sobre lleno a rebosar de palabras, de imágenes y de sonidos escritos. Palabras.
Después de todo y con todos nosotros al borde del drama;
"No os pongáis así, podéis desvalijar mi habitación cuando yo ya no esté si os ha sabido a poco."
Creo que cualquiera de ellos me hubiera matado en ese momento. Al final, en vez de matarme, nos hemos rulado unos petas y hemos echado la tarde allí, entre llúvia, humo y buena compañía.
No existen palabras para decirles realmente cuanto les quiero.
También tengo un regalo para Carlos. Regalo que, injustamente le dará Tom. Se lo he pedido en medio de mis miles de palabras. Porque ambos son importantes, lo van a ser siempre. Incluso cuando yo ya no esté.
"El día que nos conocimos me sentía feliz solo por saber que podía tener gente como tú cerca mía."
-Cuaderno de Laura.
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